Homilía Todos los Santos

Homilía Todos Santos Bnf, SEDL, Spl

  • Les repite insistentemente nuestro obispo a los jóvenes: aspirad a la santidad, no os conforméis con menos. Hoy en día, en que se busca la excelencia en todos los ámbitos de la vida, los cristianos no podemos ser menos; la excelencia en términos cristianos se llama santidad.
    • Si lo analizamos bien, es curioso cómo nos situamos los cristianos: pecador, pecador, casi nadie se reconoce; pero por otra parte, santo tampoco. Y en parte, es así, porque la santidad más que un logro definitivo es una obra que vamos realizando mientras vivimos. Lo curioso no es que no nos consideremos santos, que seguramente no lo somos del todo, sino que nos parecería algo extraño el aspirar a ser santos. Incluso nos podría parecer que sería una pretensión fuera de lugar, una manifestación de orgullo por nuestra parte. Y seguramente lo sería, si contáramos sólo con nuestras fuerzas. Pero contando con la gracia de Dios, como contamos, ser menos que santos, o al menos aspirar a algo menos que santos, sería un fraude por nuestra parte, una estafa, una malversación de la gracia que el Señor pone constantemente a nuestra disposición.
    • Ser cristiano es sinónimo de ser santo, al menos como aspiración, como intento. Si somos cristianos de verdad, seremos santos.
  • Pero, ¿qué significa ser santo? Ser santo no significa ser impecable, no significa no caer nunca, sino levantarse cada vez que uno cae, reconociendo el propio pecado y abriéndose esperanzadamente al perdón de Dios cuantas veces sea necesario. Los santos también fueron pecadores; es más, su santidad se manifestaba en el hecho de que tenían una aguda conciencia de ser pecadores, no un sentimiento fingido, sino auténtico. Como dice San Pablo: “cuando soy débil entonces soy fuerte”; porque en la propia debilidad se descubre la necesidad absoluta que tenemos de la gracia de Dios. La llamada a la santidad la expresa el libro del Apocalipsis con esa imagen de la muchedumbre inmensa que seguía a los 144.000 elegidos.
  • El camino para la santidad nos lo marcan las bienaventuranzas. No son nuevos mandamientos, sino que si nos fijamos bien, son una revelación que nos hace el Señor de cuáles son los caminos que nos llevan a la felicidad, a la plenitud, en definitiva, a la santidad. No nos dicen: “tienes que hacer esto o está prohibido hacer lo otro”, sino que nos dice: “seréis dichosos si…”.
  • Lo chocante es que las actitudes a las que nos invitan las bienaventuranzas parecen contradecir lo que uno espontáneamente pensaría si le preguntaran en qué consiste ser feliz. Allí hemos de caer en la cuenta de que las bienaventuranzas no son simplemente proclamadas por Jesús, sino que antes de proclamarlas Él las ha vivido y las vive. Por eso podemos confiar en ellas, no simplemente porque el que las proclama es digno de crédito, sino porque Él va delante de nosotros, como buen pastor, haciéndolas vida. En definitiva, las bienaventuranzas son un auto-retrato de Jesús.
  • Una nos habla de una situación que nos puede sobrevenir: Dichosos los que sufren; lo que se les promete es que van a recibir el consuelo, de parte de Dios, se sobreentiende. Las demás nos hablan de las actitudes más acertadas con que afrontar la vida: la opción por ser pobres,, es decir, desprendidos, en todos los aspectos, no sólo en el material; la opción por no ser violentos, a la hora de resolver los conflictos; la opción de trabajar por la justicia para todos, sobre todo los que sufren directamente la injusticia, en vez de mirar sólo por uno mismo; La opción de prestar ayuda, en vez de pasar de aquellos que la necesitan; la actitud de limpieza de corazón, que es actuar, sentir y pensar, como se suele decir, con el corazón en la mano; la opción de trabajar por la paz, porque aunque a veces sea una tarea ardua, vale la pena lucha por ello; y la opción de permanecer en la fidelidad a Dios y a su conciencia, como han hecho los innumerables mártires.
  • Hubo quien dijo que las bienaventuranzas son como la partitura que han sabido interpretar los santos. Fijémonos en su ejemplo, acojámonos a su intercesión para poder llegar con y como ellos a la patria celestial. QAS.
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