Visitadoras de enfermos

VISITADORAS DE ENFERMOS

Uno de los grupos que formamos parte de la parroquia es el de las Visitadoras de enfermos. Lo llamamos también de Pastoral de la Salud. Como cada grupo en la Iglesia, expresa un aspecto de la persona y de la actuación de Jesús.
            Jesucristo es y vino a traer la Salvación (“Salus”, en latín), con mayúsculas y sin adjetivos, a la humanidad. Podríamos resumir el ministerio de Jesús diciendo que vino a curar (“curare”, en latín: prestar cuidados) a la humanidad enferma. Las manifestaciones de esta humanidad herida van desde el pecado hasta la muerte, pasando por todo tipo de enfermedades.
            Jesús no pasó de largo ante el sufrimiento y la enfermedad, sino que tuvo compasión de los oprimidos por falta de salud. La parábola del buen samaritano (Lc 10, 30-35) bien podría ser un auto-retrato de Jesús y de su actitud y actitudes frente a los que yacen moribundos en las cunetas de la vida. Ver al enfermo caído (otros dan un rodeo por no ver), sentido de compasión  (actitud interior de “padecer con”), cercanía (se llegó a Él) rompe fronteras (entre judíos y samaritanos), cuidado (venda sus heridas, echa aceite y vino, y lo lleva en su cabalgadura), acompañamiento (lo llevó hasta la pasada y cuidó de él),  caminar con él (ni delante ni detrás: al lado), buscar colaboradores (compromete  al posadero: “cuida de él… y cuando yo vuelva…”).
            Los evangelios nos presentan  multitud de encuentros de Jesús con enfermos, de todo tipo: físicos y mentales. Podemos contemplar en ellos cómo los acoge, cómo los escucha, cómo dialoga con ellos y con sus familiares y con quienes los atienden, qué les pide, qué les ofrece, cómo reaccionan ellos ante la curación. Todo este modo de actuar, se expresa luego en su enseñanza “estuve enfermo y (no) me visitasteis” (Mt 25, 36. 43) dejándonos así el encargo de seguir su tarea terapéutica.
            El grupo de visitadoras es el enviado y encargado de parte de la parroquia para acompañar humana y cristianamente a los enfermos y personas mayores de nuestra comunidad. Hacer compañía a aquellos que nos lo requieren, intentando llevar paz también a sus cuidadores. Hacer saber y sentir que la comunidad cristiana los tiene presentes, y se preocupa por ellos, y reza por ellos. Y los invita a participar de la celebración de los sacramentos: llevándoles la comunión sacramental a los que lo solicitan, y celebrando con ellos la unción de enfermos cuando llega el momento oportuno, individual o comunitariamente, intentando redescubrir el sentido de éste.
            Como grupo parroquial, el de las visitadoras está presente en el Consejo parroquial pastoral y se coordina con la Delegación diocesana de Pastoral de la Salud. Ésta proporciona cada año unos materiales para nuestra formación permanente, que realizamos una vez al mes.
            El domingo sexto de Pascua celebramos cada año la Pascua del enfermo. Ese día celebramos una unción comunitaria de los enfermos e intentamos explicar el sentido auténtico de este sacramento. Para empezar, preferimos llamarle así mejor que “extremaunción”, como recomienda el Concilio Vaticano II, pues “no es sólo el Sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida… el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez” (SC 73).
            Solemos acompañar y preparar también las celebraciones de las misas en la Residencia comarcal de la tercera edad, visitando a los residentes, y participando en las ocasiones en que, junto con otros grupos, se organiza una pequeña fiesta (Navidad, Semana santa). Procuramos animar y participar en las peregrinaciones diocesanas a Lourdes que se organizan cada año el último fin de semana de agosto.
Si te sientes llamado/a para este servicio de acompañar a personas que viven la enfermedad o la vejez, no lo dudes, preséntate como voluntario/a. ¡Verás qué satisfacción supone sentirte útil a los demás, haciendo sencillamente lo que sabes hacer junto a los que necesitan que se lo hagas!

SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE ENFERMOS

II. Quién recibe y quién administra este sacramento

En caso de grave enfermedad…

1514 La Unción de los enfermos “no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez” (SC 73; cf CIC, can. 1004, §1; 1005; 1007; CCEO, can. 738).

1515 Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava. Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante. Y esto mismo puede aplicarse a las personas de edad edad avanzada cuyas fuerzas se debilitan.

“…llame a los presbíteros de la Iglesia”

1516 Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la Unción de los enfermos (cf Concilio de Trento: DS 1697; 1719; CIC, can 1003; CCEO. can. 739,1). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles deben animar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir este sacramento. Y que los enfermos se preparen para recibirlo en buenas disposiciones, con la ayuda de su pastor y de toda la comunidad eclesial a la cual se invita a acompañar muy especialmente a los enfermos con sus oraciones y sus atenciones fraternas.

III. La celebración del sacramento

1517 Como en todos los sacramentos, la Unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria (cf SC 27), que tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. En cuanto sacramento de la Pascua de Cristo, la Eucaristía debería ser siempre el último sacramento de la peregrinación terrenal, el “viático” para el “paso” a la vida eterna.

1518 Palabra y sacramento forman un todo inseparable. La Liturgia de la Palabra, precedida de un acto de penitencia, abre la celebración. Las palabras de Cristo y el testimonio de los Apóstoles suscitan la fe del enfermo y de la comunidad para pedir al Señor la fuerza de su Espíritu.

1519 La celebración del sacramento comprende principalmente estos elementos: “los presbíteros de la Iglesia” (St 5,14) imponen —en silencio— las manos a los enfermos; oran por los enfermos en la fe de la Iglesia (cf St 5,15); es la epíclesis propia de este sacramento; luego ungen al enfermo con óleo bendecido, si es posible, por el obispo.

Estas acciones litúrgicas indican la gracia que este sacramento confiere a los enfermos.

IV. Efectos de la celebración de este sacramento

1520 Un don particular del Espíritu Santo. La gracia primera de este sacramento es un gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez. Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cf. Hb 2,15). Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios (cf Concilio de Florencia: DS 1325). Además, “si hubiera cometido pecados, le serán perdonados” (St 5,15; cf Concilio de Trento: DS 1717).

1521 La unión a la Pasión de Cristo. Por la gracia de este sacramento, el enfermo recibe la fuerza y el don de unirse más íntimamente a la Pasión de Cristo: en cierta manera es consagradopara dar fruto por su configuración con la Pasión redentora del Salvador. El sufrimiento, secuela del pecado original, recibe un sentido nuevo, viene a ser participación en la obra salvífica de Jesús.

1522 Una gracia eclesial. Los enfermos que reciben este sacramento, “uniéndose libremente a la pasión y muerte de Cristo, contribuyen al bien del Pueblo de Dios” (LG 11). Cuando celebra este sacramento, la Iglesia, en la comunión de los santos, intercede por el bien del enfermo. Y el enfermo, a su vez, por la gracia de este sacramento, contribuye a la santificación de la Iglesia y al bien de todos los hombres por los que la Iglesia sufre y se ofrece, por Cristo, a Dios Padre.

1523 Una preparación para el último tránsito. Si el sacramento de la unción de los enfermos es concedido a todos los que sufren enfermedades y dolencias graves, lo es con mayor razón “a los que están a punto de salir de esta vida” (in exitu viae constituti; Concilio de Trento: DS 1698), de manera que se la llamado también sacramentum exeuntium (“sacramento de los que parten”; ibid.). La Unción de los enfermos acaba de conformarnos con la muerte y resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un escudo para defenderse en los últimos combates antes entrar en la Casa del Padre  (cf ibid.: DS 1694).

 

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