HOMILÍA DOMINGO 30 DE SEPTIEMBRE Mc 9, 38-48
- Dom 26 t.o.
- Los episodios de la 1ª lectura y del evangelio son prácticamente paralelos.
- En el primer caso, Josué pide a Moisés que le prohíba profetizar a los que no se han acercado a la tienda del encuentro, donde estaba el arca de la Alianza.
- En el evangelio, Juan pide a Jesús que dejen de hacer milagros, aquellos que no eran del grupo de los apóstoles.
- En ambos casos, ambos personajes demuestran una gran altura de miras:
- Moisés responde que: “¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!”
- Y Jesús: “El que no está contra nosotros está a favor nuestro”.
- Puede pasar que nosotros, tengamos, a veces inconscientemente, actitudes parecidas a las de Josué o Juan creyendo que tenemos el monopolio de la verdad y de la salvación, por ejemplo, los católicos.
- Puede suceder en otros ámbitos más cercanos: por ejemplo, los curas respecto a los laicos; o los mayores respecto a los más jóvenes, o entre varones y mujeres, o entre los encargados de alguna cosa en la parroquia y los que no lo son…, mostrando recelo o rechazando instintivamente a los que no son de los nuestros
- Puede ser por celos, porque hay otras personas que tienen buenas ideas, o porque tienen más éxito que nosotros… no es motivo para entristecerse, sino para alegrarse, porque lo importante es que el bien se haga, no de si es mérito mío o del otro.
- Jesús habla también de escandalizar, que significa hacer tropezar, hacer caer.
- Podemos hacer caer a los otros, sobre todo a los más sencillos o débiles. Podemos caer también nosotros. La culpa, evidentemente, no la tiene nuestra mano o nuestro ojo, sino las intenciones que anidan en nuestro corazón. Lo que nos dice Jesús con la expresión “sácate el ojo” o “córtate la mano” es que hemos de evitar las ocasiones para no caer en la tentación; que hemos saber de renunciar a cosas que no nos llevan a ninguna parte. Hemos de saber renunciar a lo mano o a lo vano, para poder llegar a realizar el bien. Hemos de saber podar lo superfluo o lo dañino, para poder dar fruto.
- Que la eucaristía sea, en verdad, entre nosotros, el banquete abierto a todos, en el cual nadie se quede excluido, en el que se reúnan todos los hijos de Dios. QAS.

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