HOMILÍA DE JUEVES SANTO 2018

Jueves santo

  • Con la celebración de esta misa de la Cena del Señor, concluimos la Cuaresma e iniciamos el Triduo pascual, es decir, los tres días –viernes y sábado santos y domingo de Pascua-, en que celebramos la muerte, la sepultura y la resurrección de Jesús. En la celebración de hoy, anticipamos, de forma sacramental, lo que celebraremos en estos tres días.
  • Hoy celebramos tres memorias, en las tres lecturas que acabamos de escuchar.
  • La memoria de la primera pascua, que dio lugar a la celebración de la Pascua judía. Nos ha recordado aquella noche que fue de exterminio para los primogénitos de los egipcios y de preparación para la liberación y salida de los judíos. Para unos, noche de duelo y para los otros, el paso de la esclavitud a la libertad. La muerte de los primogénitos nos recuerda que la conquista de la libertad no se realiza sin lucha ni sin dolor.
  • Las otras dos memorias son de Jesús, que realizó sendos gestos. Uno el lavar los pies a los discípulos, como nos relata en exclusiva san Juan. Jesús se despide de sus discípulos, porque ha llegado ya su hora, la hora de pasar de este mundo al Padre, y, para ello, sufrir la humillación de la cruz. Jesús entrega su vida en la cruz, y quiere enseñar que, para ello, la vida hay que ir entregándola cada día sirviendo a los demás. Y lo expresa con el gesto de lavar los pies a sus discípulos; él, el maestro a sus discípulos. Alude también al bautismo, como baño ritual, que nos perdona los pecados. Por ello, los bautizados, los que hemos sido lavados por el Señor, estamos llamados a lavar los pies, real o figuradamente, a los demás.
  • El tercer memorial es el que nos ha traído san Pablo. Jesús, en la última cena que tuvo con sus discípulos, cuando anunciaba que le quedaba poco de estar con ellos, les prometió -nos prometió- que se quedaba con ellos, en los signos del pan y del vino, que pasaban a representar su cuerpo y su sangre. Y les mandó –nos mandó- que repitiéramos ese gesto en su nombre hasta que él vuelva. Para ello, de forma indirecta, Jesús está instituyendo el sacramento del orden que capacita a los que lo reciben para celebrar la eucaristía, al bautismo y el resto de los sacramentos. Por eso, el pasado martes, en la misa crismal, los presbíteros y diáconos renovábamos ante nuestro obispo las promesas de nuestra ordenación.
  • No podemos vivir nuestra fe sin celebrar la Eucaristía, porque si dejamos de participar en ella, nuestra fe languidece y acabamos perdiendo el sentido de nuestra pertenencia a la Iglesia.
  • No podemos vivir sin servir, porque entonces desdibujamos la memoria de Jesús que nos ejemplo de servicio en el lavatorio de los pies, y de entrega, en la cruz, entrega que anticipa en la comunión de su cuerpo y de su sangre.

 

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