
Firme en la fe en un mundo indiferente
El título de esta pequeña reflexión que os quiero hacer desde mi testimonio se lo debo a una persona muy importante en mi vocación; pero que no deja de ser una gran verdad que sufrimos los cristianos por el solo hecho de serlo y nos sentimos muchas veces perseguidos por nuestra fe.
Pues también en mi camino para ser sacerdote siento muchas veces la indiferencia del mundo. Por eso la vocación se convierte en un camino lleno de dificultades que uno tiene que ir superando día a día; y siempre como compañero de viaje es bueno tener a Jesús en quien nos podemos recostar en los momentos de dificultad.
El primer paso –dar el sí al Señor– es el más difícil, pero el camino está lleno de otras muchas dificultades que van surgiendo durante estos años de formación.
Una de mis mayores dificultades ha sido el cambio que ha supuesto en mi vida el tener que dejar el trabajo para volver a estudiar. Muchas veces recuerdo los buenos momentos que he pasado junto a mis compañeros de trabajo y eso me produce cierta nostalgia.
Pero ahora todo es diferente, la vida de estudiante y seminarista es muy distinta. Los estudios son difíciles; algunas veces he oído decir, que como no hay sacerdotes nos regalan los aprobados. ¡Ojala fuera tan fácil!
Realmente los estudios es lo que marca un poco nuestro estado de ánimo; cuando hay mucho trabajo voy algo agobiado y se nota en todo lo que hago, pero a medida que me quito trabajo de encima voy viendo la luz. En época de exámenes se nota bastante tensión en la convivencia diaria con los compañeros de seminario y la convivencia se hace más difícil.
Los estudios es lo que ocupa más tiempo en mi vida y por ello lo que más dolor de cabeza me da. Pero después de todo me gustan y disfruto, porque me han abierto la mente; he aprendido cosas que nunca me hubiera podido de imaginar. El estudio junto con la oración me acerca mucho más a Dios, sobre todo a la persona de Jesús; y claro ¿cómo un enamorado de Jesús, como lo estoy yo, no va disfrutar estudiando materias que tengan que ver con Él?
Vivir en comunidad, en el seminario también ha sido un cambio fuerte en mi vida. Creo que acabaré el seminario y todavía no me habré acostumbrado. Muchas veces pienso: con lo tranquilo que estaba en mi casa. Pero la vida en comunidad te enseña muchas cosas; entre ellas el valor de la amistad y sobre todo a no ser dueño y señor de tu casa, porque ahora vivo con otras personas que también son mis hermanos en Cristo Jesús.
Muchas veces he tenido la tentación de dejarlo todo y volverme a mi pueblo, a mi casa y volver a trabajar. Pero realmente el Señor siempre me acompaña en los momentos de debilidad, y a través de la oración algunas veces, y otras por medio de alguna persona, he visto la luz, he podido coger fuerzas y seguir hacia delante.
Pero la vocación es algo más que un don recibido de Dios, es una responsabilidad. Y este don no está tan claro que sea para uno mismo. En un mensaje del Papa de octubre del 2014 nos dice: “Quien está llamado al ministerio no es «dueño» de su vocación, sino administrador de un don que Dios le ha confiado para el bien de todo el pueblo, es más, de todos los hombres, incluso los que se han alejado de la práctica religiosa o no profesan la fe en Cristo.”
Este mensaje del Papa me lo envió un sacerdote de esta diócesis (Barbastro-Monzón). Y cuando lo leí me sentí un poco avergonzado por las veces que he tenido la tentación de echarme atrás y volver a mi casa; pues sentí que estaba jugando con un regalo que no era solo para mí, sino para todos vosotros. La realidad es que este mensaje del Papa ha cambiado mi modo de pensar, y ahora me veo con una responsabilidad importante ante Dios y con vosotros.
El Papa continua diciendo: “al mismo tiempo, toda la comunidad cristiana es custodio del tesoro de estas vocaciones, destinadas a su servicio, y debe percibir cada vez más la tarea de promoverlas, acogerlas y acompañarlas con afecto.” También es vuestra responsabilidad cuidar lo que Dios os ha regalado, así que os invito a que recéis por mí y por todas las vocaciones, además de que en esta campaña del seminario colaboréis según lo que vuestro corazón os dicte.
Con la ayuda de Dios y vuestra oración sigo adelante con mucha alegría; el apóstol S. Pablo nos dice “Firmes en vuestra fe en Cristo. Por tanto, ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded unidos a Él, arraigados y edificados en Él” (Col 2, 5-7). Esa es la vida de un seminarista vivir en una autentica comunión con Jesús, porque está vivencia es la que después os voy transmitir si Dios quiere y llega el día de mi ordenación.
Me despido de todos vosotros con un fraternal abrazo y con mi oración que siempre la tendréis.
Oscar Vives