HOMILÍA DOMINGO 17 de junio Mc 4, 26-34

  • Jesús nos habla en parábolas: acompasar nuestro tiempo al tiempo de la naturaleza.
  • La del grano que crece sin que sepamos cómo
    • Es sencilla… No es por el trabajo del labrador, ni por la tierra. La semilla tiene una vitalidad, una fuerza interior.
    • No podemos hacer menos: labrador la cuida, propicia las condiciones más favorables; la tierra hay que prepararla.
    • No podemos hacer más: la semilla crece por sí sola.
    • Hemos de respetar el ritmo: sin violentarlo.
    • Hemos de hacer todo lo que está de nuestra parte, como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que todo depende de Dios.
    • Hay una presencia escondida de Dios en el corazón humano y en nuestro mundo. Todo lo que hacemos por nosotros o por los demás no es tanto construir el Reino, sin más bien, quitar los obstáculos y poner las mejores condiciones, para que crezca.
    • Esto nos ha de llevar a quitar de nosotros la impaciencia (Dios, las cosas tienen sus ritmos), las angustias (pues el que hace crecer su obra es el Señor, no nuestros esfuerzos; una vez que hacemos lo que nos toca, lo demás depende de Dios), la soberbia (pues el crecimiento del reino es obra y mérito de Dios, no nuestra, es obra de su gracia). Hemos de aceptar y contar con la acción misteriosa de Dios en nuestro mundo, en nuestra vida.
  • La del grano de mostaza:
    • Jesús compra el reino con una semilla de las más pequeñas, que contrata con el resultado final, que es un arbusto muy grande.
    • Los comienzos del Reino suelen ser muy humildes; nuestra situación actual puede ser muy modesta: pocos, mayores, no somos los que movemos nuestro pueblo, nuestra sociedad, nuestro mundo… Pero la parábola es una promesa: el final, que no se sabe ni cuándo ni cómo, será grandioso.
    • Es una llamada a la esperanza, a la confianza, a la perseverancia en el día a día, basados, no tanto en nuestras fuerzas y recursos, ni en las circunstancias que nos puedan ser más o menos favorables, sino en la fuerza de Dios que actúa misteriosamente en nuestra vida y en nuestro mundo.

 

  • los pájaros pueden cobijarse y anidar en sus ramas
    • podemos entender que se refiere a personas y pueblos a los que llega el evangelio, y estas personas y pueblos anidan la Iglesia, que los acoge en sus variadas ramas.
    • La Iglesia, los cristianos hemos de estar siempre disponibles para acoger, escuchar, para integrar a aquellos que se sienten atraídos por Jesús.
  • La eucaristía nos alimenta para fortalecernos y renovar nuestro espíritu, para que la ayuda divina nos impulse a hacer la voluntad de Dios y para que alimentemos la esperanza de que Dios sigue actuando misteriosamente, eso sí, también hoy.  QAS.
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