Señor, la gracia del bautismo que me hizo hijo de Dios es el mayor tesoro, la perla más valiosa, que depositaste en el frágil vaso de barro de mi vida. Pero, como el aire que respiro, el agua que bebo, y todo lo que desde siempre he tenido, lo valoro poco. Ayúdame a defender y cultivar este don, para que en la red de tu Iglesia consiga estar entre los peces buenos, llamados a alabarte para siempre.
