Id tambien vosotros a mi viña

 

Viña2

–Homilía 21 de septiembre de 2014: LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS

o   (Is 55, 6-9; Sal 144; Flp 1, 20-24. 27; Mt 20, 1-16) Dom 25º del t. o.

NUESTRA VIDA:

–Yo creo que a todos nos deja un poco intrigados esa frase con la que concluye el evangelio de hoy: “los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos” ¿qué quiere decir, realmente?

o   Para entender esta frase tengamos en cuenta que resume el sentido de la parábola de los jornaleros (y que ésta ha de entenderse a la luz de dicha frase).

LA PARÁBOLA:

–La parábola del amo que contrata jornaleros a diversas horas del día para su viña tiene un final sorprendente: los últimos cobran lo mismo que los primeros.

–No hemos de aplicar precipitadamente esta conclusión a la vida económica, tal cual, de forma literal, pues como sistema sería difícilmente sostenible un sistema económico que funcionara con estos criterios. Aunque sí que sería bueno que algo de la parábola (la misericordia, la generosidad) se nos pegara. Nuestro mundo, se rige por el criterio “tanto trabajas, tanto cobras”.

–La parábola de Jesús se refiere al plan de Dios para con nosotros: en qué consiste el Reino que ha venido a anunciar y a instaurar, cómo nos trata nuestro Padre Dios. Jesús nos habla aquí de Dios y de nuestra salvación.

o   El mundo de la gracia no se mueve por el sistema de méritos.

o   Dios nuestro Padre mira los méritos sino las necesidades de sus hijos.

–No olvidemos que la parábola, como nos dice en la introducción a la misma, se dirige a sus discípulos, que pueden tener la tentación de creerse unos privilegiados en ese Reino que Jesús ha venido a instaurar; privilegiados porque ellos han seguido a Jesús desde el principio, no como otros que se van sumando más pronto o más tarde al grupo.

NOSOTROS:

–Esta parábola es un desafío a los que se sienten privilegiados, es decir, a los que somos cristianos de toda la vida.

–Podemos preguntarnos a nosotros mismos: Creer ¿es una suerte o una carga?; o dicho de otra manera: ¿nos alegramos de seguir a Jesús desde el principio, o sentimos una secreta envidia de los que han vivido como han querido y se han arrepentido y se han convertido ya al final de su vida?

–Los afortunados, hermanos, somos nosotros, los que, por la misericordia de Dios, hemos sido llamados a primera hora. La inmensa e inmerecida suerte de tener fe, de saber que tenemos segura y crecida recompensa por nuestro esfuerzo; de poder vivir ya el cielo en la tierra, de saber que Dios nos ama. Otros, nunca, o quizá al final de su vida, descubrirán el amor de Dios que nos ha hecho fuertes y felices a lo largo de toda nuestra existencia.

–Dejemos a Dios ser Dios; comprendamos que sus caminos no son tan mezquinos como los nuestros.

o   Tantos que sufren y se lamentan  por el abandono de la fe de sus hijos y/o nietos, pueden meditar y encontrar consuelo y esperanza en esta convicción: que los caminos de Dios son inescrutables, que nos puede llamar en cualquier momento de nuestra vida. Es más, como coreábamos en el salmo: “Cerca está el Señor de los que lo invocan”.

–A nosotros nos pide, como nos ha dicho san Pablo, “que llevemos una vida digna de Cristo” y que respondamos con buena disposición a la invitación que nos hace a trabajar en su viña desde primera hora del día.

EUCARISTÍA:

–Pero nosotros no sólo somos invitados al trabajo, sino también a la eucaristía: “Dichosos nosotros, los invitados a la mesa del Señor” cada domingo.

 

Lectura del Santo Evangelio Según San Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: «Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.» Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: «¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?» Le respondieron: «Nadie nos ha contratado.» Él les dijo: «Id también vosotros a mi viña.» Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: «Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.» Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: «Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.» Él replicó a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

Evangelio según San Mateo (20,1-16), del domingo, 21 de septiembre de 2014

 

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Acompañaban a Cristo algunas mujeres

Lectura del santo evangelio según san Lucas (8,1-3):

En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor

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Muchas mujeres.  Comienza el evangelista hablando de “algunas”, y, en seguida, nos advierte de que eran “muchas que le asistían con sus bienes”. Esta escena era, para aquel tiempo y aquella cultura, insólita y llamativa. No cabía en la cabeza de los jefes religiosos. Nosotros nos hemos acostumbrado a encontrarlas, en primera fila, en el Calvario, junto a la Cruz de Jesús, o en la mañana de la resurrección, como pregoneras. Pero, en aquel tiempo, solo podía ser cosa del Maestro de Galilea. Solo él podía romper tantos prejuicios y barreras.

El Evangelio lo dibuja con claridad meridiana. Nos habla del número, nos cita sus nombres -Susana, Juana, María Magdalena-, y nos ofrece informaciones interesantes. Alguna estaba casada (más insólito todavía), otras habían sido sanadas por Jesús, otras “muchas” compartían sus bienes generosamente y -¡lo más importante!- pertenecían a la comunidad de Jesús, junto con los apóstoles. Aquí podemos traer a la memoria y repasar a tantas mujeres que desfilan por las páginas de los Evangelios. Y todas son tratadas con afecto, también las que han sido pecadoras. Es que Jesús es un hombre tan lleno de libertad como vacío de prejuicios y convencionalismos. Acudamos a un solo acontecimiento, el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, junto al pozo de Sicar. Sus mismos discípulos se sorprendieron de verlo hablando con una mujer. Y con razón: era mujer, a solas, estaba hablando de religión, la mujer era extranjera y pecadora. ¿Qué más quebrantos podían acontecer? Jesús estaba afirmando con su conducta lo que, más tarde, nos diría el discípulo Pablo. Todos somos iguales en Cristo; iguales judíos y gentiles, iguales hombre y mujer. 

Os invito a alegrarnos todos. Alegrarnos al mirar a estas mujeres acompañando al Maestro. Mujeres misioneras, mujeres en la comunidad de Jesús. Vamos a desnudarnos de prejuicios sexistas, y preocuparnos más  del sentido de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Seamos los primeros en horrorizarnos, y luchar contra la violencia de género, contra la disminución de los derechos humanos en ámbito femenino, contra las mutilaciones vergonzosas, contra la muerte violenta de tantas mujeres, aun en países llamados desarrollados, etc. No apliquemos a las mujeres sofismas que se caen; por supuesto que, en la Iglesia, no hay que buscar el poder sino el servicio, pero, ¿no debe aplicarse este criterio evangélico también a los hombres, y no solo cuando se habla de la presencia de la mujer en la Iglesia? Para acallar las voces, quejosas con la escasa presencia de la mujer, se nos llena la boca proclamando que una mujer, María,  es la más grande criatura; entonces, ¿por qué albergar reticencias, al situar a la mujer en la Iglesia? (Y, por supuesto, no nos metemos en berenjenales hablando de sacerdocio femenino y asuntos parecidos). Más bien, hacemos memoria de tantas mujeres que han dado a luz, han alumbrado tanta vida en la Iglesia. Las conocidas: mártires, como Cecilia; místicas, como Teresa de Jesús; madres y educadoras como Joaquina Vedruna; mujeres de la caridad, como Luisa de Marillac. Sin olvidar a todas las mujeres anónimas que, en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en organizaciones diversas están haciendo brillar un magnífico y fecundo testimonio cristiano. Estas mujeres hacen caso al Papa Francisco que reclama el genio y carisma femenino.

 

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Sólo Jesús conoce nuestro problemas

Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,31-35):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros: «Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis.» Vino Juan el Bautista, que ni comía ni bebía, y dijisteis que tenía un demonio; viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: «Mirad qué comilón y qué borracho, amigo de publicanos y pecadores.» Sin embargo, los discípulos de la sabiduría le han dado la razón.»

Palabra del Señor

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Jesús de Nazaret y Juan el Bautista, frente a frente. El Bautista inquiere: “¿Eres tú?”. Jesús apela a sus obras: “Contad a Juan lo que habéis visto: los ciegos ven y los pobres escuchan la buena noticia”. Y sigue la división de opiniones. Todos, también los publicanos, acogen a Juan; mientras, los fariseos y doctores de la ley rechazan su bautismo. También aquí, el Bautista es precursor, se convierte en signo de contradicción. 

Así las cosas, Jesús, tan buen pedagogo, pasa a la imagen, a la parábola del juego de niños. Un grupo de niños cantan y danzan; otros entonan lamentaciones tristes. Ambos grupos, a la vez, no quieren participar en el juego y se recriminan mutuamente: “no danzáis”, “no lloráis”. Hasta aquí, la imagen. Jesús aterriza. Vino Juan, el austero, hirsuto y asceta, y los jefes religiosos le dan de lado. Viene Jesús, que come y bebe con todos, que viste bien, y le menosprecian como comilón, borracho y amigo de la gente mala. 

Lo dice la gracia popular: “Ni para mí ni para mi amo”, “Ni contigo ni sin ti”, “Ni p`alante ni p`atrás”. Hay personas que se instalan en las “pegas”. Aducen mil razones especiosas, escudriñan mil pretextos para justificar sus pocas ganas de participar, de compartir, de hacer, codo con codo, con los otros. Les gusta etiquetar a personas y proyectos: es demasiado rancio o modernista; es muy radical o laxo; es un devoto en exceso o un laico impenitente. Es decir, se va endureciendo el corazón de cara a Dios y de cara a los demás. En este corazón rebotan todas las palabras, todos los argumentos, todos los sentimientos. Cómo podemos ver esta experiencia en la saña de los enemigos de Jesús; los milagros son cosa del demonio, sus palabras son blasfemas. Todo se tergiversa. Ocurre lo mismo con Papa Francisco: su cercanía es populismo, su palabra clara es poca hondura intelectual, su libertad es temeridad. Da la impresión de que hiere la presencia de personas buenas… ¡porque nos dejan en evidencia! 

Desde otro ángulo, podemos preguntarnos: y nosotros, ¿estamos más cerca de Juan o de Jesús? ¿Nos van más las lamentaciones de los niños, la austeridad, el sacrificio, las normas y prohibiciones o la danza y canciones de los otros niños, de Jesús? Para algunos, predicar la felicidad es quedarse en una religión light, mientras predicar el rigor es ser fiel a la cruz. ¿Pero no dijo Jesús que no debemos ayunar, mientras está “el novio” con nosotros?

 

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Cristo nos resucita

Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,11-17):

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»
Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!»
El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Palabra del Señor

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Qué escena. Jesús ha comenzado a predicar la Buena Noticia y se topa con un entierro. El muerto en un chico joven, y es el hijo único de una madre; y esta madre es una mujer viuda. Es el colmo del ser indefenso, pobre, desvalido. Una viuda, durante un tiempo, debía ir enlutada. Muchas veces, solo le quedaba el recurso de volver a la casa paterna. Con frecuencia aparece en la Biblia la alusión al desamparo de las viudas y al deber de asistirlas. En el capítulo sexto de los Hechos, leemos: “Los creyentes de origen helenista se quejaban de los de origen judío porque las viudas no eran atendidas en el suministro cotidiano”. E insiste Santiago: “La religiosidad auténtica consiste en socorrer a huérfanos y viudas en la tribulación”. 

Palabras, casi sacramentales, de Jesús: “No llores, mujer”. La viuda y madre del muerto se encuentra con Jesús. Cuando le parecía tener todo el horizonte de su vida cerrado, brilló la luz. Lo describe muy bien el evangelio: el Maestro se acerca, ve el panorama, se conmueven sus entrañas y actúa, con palabras y obras. “No llores”, dijo  a la madre; “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”, exclamó delante del muerto. Luego vino el gesto: “Y Jesús se lo entregó a su madre”. ¿No evocamos, en seguida, palabras parecidas desde la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”? El signo de Jesús estremeció a la gente: “La noticia se propagó por toda la región, el temor se apoderó de todos, y alababan a Dios diciendo «Dios ha visitado a su pueblo«”. El encuentro con Jesús siempre nos recrea. Por recordar solo a algunas mujeres que se cruzaron en el camino: la mujer adúltera, la hemorroísa, la mujer pecadora de Betania, la que depositaba el óbolo en el cepillo del templo, la samaritana.

Que nadie tenga que llorar. Ojalá los seguidores de Jesús repitamos siempre sus palabras de misericordia: “No llores”, “Levántate”. Ojalá nos creamos que los que lloran son bienaventurados porque serán consolados por nosotros. Jesús siempre da vida: “He venido para que tengan vida, y la tengan abundante”; si los cristianos no damos vida es que el Espíritu de Jesús no está en nosotros. Ha de herirnos en nuestra propia carne el dolor de tanta gente. (Acaso, lo contemplamos mil veces por la tele, y el corazón se queda endurecido). Por supuesto, -terrible paradoja- que la religión, la imagen de Dios, la moral cristiana no engendre temor o desaliento. Que experimentemos la vida, el gozo, el entusiasmo de saber que Dios Padre solo busca el bien del hombre, la felicidad de sus hijos.  Y no digamos, cuando un ser querido se nos va;  escuchemos a Jesús “no llores”, y colmémonos de esperanza. Lo hemos dicho y oído a todas horas; antes de comunicar vida a los demás, habremos de sentir esa vida, ese amor, esa salvación de Jesús en nosotros. ¿Cómo comunicar lo que no hemos experimentado?

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Cristo de los Milagros

Cristo de los Milagros

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,13-17):

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.» Palabra de Dios

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Homilía Santo Cristo de los Milagros – 14 de septiembre de 2014

  • “Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”. Si no fuera por lo acostumbrados que estamos a ver cruces, esta afirmación de san Pablo tendría que chirriar a nuestros oídos como cuando chirría la tiza en la pizarra y nos produce un escalofrío que recorre nuestro cuerpo de arriba abajo.
    • Los cristianos ponemos nuestra gloria en lo que fue lugar del fracaso, de la ignominia, de la humillación: la cruz.
    • En la cruz se enterraron las esperanzas que los discípulos habían puesto en Jesús; en la cruz los poderes –romanos y judío- se confabularon para quitarse de en medio a un individuo incómodo para ellos; en la cruz se escenificó la maldición de Dios: “Maldito el que cuelga de un madero” dice la Escritura. La crucifixión del Justo representa la victoria del mal y del pecado, al menos momentáneamente, sobre el amor y el bien. La cruz, antes que nada, y no lo olvidemos, es un instrumento cruel de tortura y de represión.
    • Humanamente, la gloria no asoma por ningún lado en la cruz.
    • Sólo se puede captar toda la fuerza de la provocativa afirmación de San Pablo de que nuestra gloria es la cruz de Jesucristo, en la medida en que seamos conscientes del dramatismo, sin paliativos de la crucifixión de Jesús.
    • La cruz es el lugar donde se manifiesta la fuerza terrible del pecado que es capaz de provocar en ella la muerte del justo; peor aún, la cruz es el lugar donde se consumó el deicidio.
  • Por ello, en la cruz, como lugar donde se manifiesta con toda su crudeza la fuerza destructiva del pecado, por ello mismo, en ella se revelan las entrañas de misericordia de Dios.
    • En la cruz es donde, de una manera más clara, se revela la profundidad del amor de Dios: hasta dónde fue capaz de llegar Dios en su identificación con el hombre, en la persona de su Hijo Jesucristo; hasta qué punto la misericordia de Dios es capaz de llegar; hasta qué punto Dios es capaz de llegar para reconciliar a la humanidad consigo; hasta qué punto Dios es capaz de perdonar.
    • La cruz es locura de amor, es el amor de un Dios que es amor, que se ha vuelto loco de amor.
    • La cruz es el lugar donde el misterio de Dios de hace más oculto y más patente a la vez, más oscuro y más luminoso. Más oscuro a la inteligencia pero más luminoso para la fe.

 

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Bienaventurados los pobres

Sin título

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,20-26):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas. Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis. ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.»

Palabra del Señor

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El seguimiento de Jesús nos lleva a tomar decisiones que afectan a la vida entera. Nunca ha sido fácil seguir a Jesús. Y así mismo fue desde los comienzos del cristianismo.      En la carta a los cristianos de Corinto que hoy nos propone la liturgia  Pablo  intenta dar una respuesta a esta pregunta: ¿matrimonio o celibato, qué es lo mejor? Parece ser que los que proponían esta cuestión eran jóvenes solteros de ambos sexos –no muchos, seguramente– quienes ante el ejemplo del celibato de Pablo estaban ponderando adoptar esa posible opción de vida. ¿Se trataba de jóvenes que se habían comprometido más a fondo con la tarea de evangelización en Corinto y a los que Pablo consideraba como colaboradores suyos más directos? Es lo más probable.

El Apóstol parece sentirse como perplejo ante la respuesta que debía dar a esos jóvenes. Por eso comienza diciendo que no tiene mandato del Señor sobre el tema. Sólo puede ofrecer un consejo. Eso sí, basado en la experiencia de su misión apostólica y como hombre de fiar que es, por la misericordia de Dios. Más adelante dirá que también él tiene el Espíritu del Señor. Se trata pues de un consejo apostólico orientado a la misión.

El carisma o don vocacional que Dios da a cada persona es lo mejor para él o para ella. Y cada cual tiene derecho a dar a conocer las ventajas del camino elegido. Esto es lo que hace el Apóstol aquí, ni más ni menos.

La vida del cristiano está llena de desafíos. El primero de ellos es cómo conseguir la felicidad. ¿De qué forma el ejemplo de Jesús y sus enseñanzas me ayudan a ser feliz? ¿Puede un pobre ser feliz?  Lucas pone en boca de Jesús estás palabras: “Dichosos los pobres porque vuestro es el reino de Dios”          

Como anunció Jesús en la sinagoga de Nazaret los pobres escuchan la buena noticia de su liberación y se llenan de gozo. Ha comenzado “el año de gracia del Señor”, cuya finalidad es la nivelación social con el perdón de las  deudas, la recuperación de los bienes empeñados y el regreso de la propiedad al seno familiar de todos los esclavizados.

La lucha y el esfuerzo por lograr este nuevo orden de cosas querido por Dios desde antiguo y puesto por Jesús como criterio fundamental, no se dará de manera pacífica. Jesús quiere prevenir a sus seguidores de las situaciones violentas, de persecución y de dolor que tendrán que experimentar a manos de quienes se oponen radicalmente a todo lo que signifique compartir los bienes.  Jesús es la garantía de felicidad de todo aquel que escucha su palabra y la pone en práctica.

Yo recuerdo los primeros años de nuestro equipo misionero claretiano en el Departamento de Caaguazú en Paraguay allá por los años de 1980. Con cuánta alegría nos recibieron los campesinos y con cuánta prevención nos miraban las autoridades. En nuestras reuniones con la gente se escondían sus enviados (los famosos llamados en guaraní “pyragué”), cuya función era informar a las autoridades si nuestro evangelio era “bueno” o no; si éramos sacerdotes católicos o agentes de subversión. Para las autoridades de entonces rezar y cantar en la Capilla  estaba bien, pero organizar comunidades cristianas era subversión.

Carlos Latorre
Misionero Claretiano

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Alabad el nombre del Señor

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,12-19): En aquel tiempo, subió Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles: Simón, al que puso de nombre Pedro, y Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago Alfeo, Simón, apodado el Celotes, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajó del monte con ellos y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón. Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salta de él una fuerza que los curaba a todos. Palabra del Señor ——————– El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que va a elegir a doce discípulos, pero antes pasa toda la noche en oración, comunicándose con el Padre. Con estos doce apóstoles Jesús quiere conformar un «nuevo pueblo» en el que se van a cumplir las promesas de Dios anunciadas en el Antiguo Testamento. La elección de estos doce apóstoles la hace Jesús en un momento clave de su ministerio: hasta ahora Lucas ha hecho varias constataciones de las enseñanzas de Jesús en diferentes lugares de Galilea, probablemente muchos ya lo siguen, pero ahora va a tener lugar el anuncio de un plan específico, concreto, para todo el que se arriesgue a seguirle.  Hoy celebra la liturgia a San Pedro Claver  que se definía a sí mismo con estas palabras: “yo Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre”. En el puerto de la actual Cartagena, en Colombia, se vendían y se compraban por miles los esclavos traídos de África para trabajar en las grandes propiedades de los terratenientes de la época. Durante cuarenta años se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Carecía de la comprensión y el apoyo de los hombres, pero Dios le dio una fuerza y perseverancia heróica. Muchos, aun entre los que se sentían molestos con la caridad del padre Claver, sabían que hacia la obra de Dios siendo un gran profeta del amor evangélico que no tiene fronteras ni color. Se dice que llegó a catequizar y bautizar a más de 300,000 negros. El santo fue acusado de ser indiscreto con su interés por los esclavos y de haber “profanado” los Sacramentos al dárselos a criaturas que apenas tienen alma, como afirmaban algunos. S. Pedro Claver es un ejemplo para nosotros hoy día, pues sigue existiendo el trato discriminatorio e inhumano contra nuestros hermanos negros, por ejemplo con los que intentan por todos los medios entrar en Europa para conseguir un poco más de bienestar: nadie puede contar cuántos han naufragado y desparecido en el mar , en el intento. Carlos Latorre Misionero Claretiano

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María, nuestra madre

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,1-16.18-23):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»

Palabra del Señor

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A  diferencia de lo que ocurre con el nacimiento de Juan Bautista, el evangelio no dice nada del nacimiento de Nuestra Señora la Virgen María.

Esta fiesta surgió en oriente, y con mucha probabilidad en Jerusalén, hacia el año 400. Allí estaba siempre viva la tradición de la casa donde había nacido la Virgen María. Y esta tradición se consolidó  con la dedicación del actual santuario de Santa Ana en la misma ciudad.

Esta festividad quiere poner de relieve que María estuvo estrechamente vinculada a su Hijo Jesús, como subrayan los textos bíblicos que hoy leemos en la Misa.

El profeta Miqueas  alerta sobre la suerte del rey: será humillado por el invasor, pero no será el fin. De nuevo suscitará el Señor un descendiente de la casa de David para levantar y sostener a su pueblo; su autoridad tendrá el respaldo del Señor. Se insiste en su origen humilde y en su reinado de paz.

Mateo comienza el evangelio con la genealogía de Jesús. La genealogía nos ayuda a conocer nuestros orígenes, nuestras raíces. Para los judíos era muy importante conservar viva la memoria de sus antepasados. De esta manera, el nacimiento de Jesús queda vinculado a la historia de un pueblo, Israel; una historia cargada de promesas y esperanzas, pero también de fragilidad y de pecado. Una pequeña historia, en definitiva, que representa y de la que dependerá toda la historia de hombres y mujeres que evocan todo lo que de bueno, de frágil, de éxito y de fracaso, de dolor y de sufrimiento existe en la familia humana: patriarcas, sabios y profetas; buenos y malos gobernantes; trabajadores, campesinos, desterrados, esclavos, nativos, emigrantes, prostitutas…

¿Quién, al leer esta primera página del evangelio, se sentirá excluido de la familia de Jesús? ¿Quién no se sentirá llamado a participar de la plenitud de las promesas de Dios que se han hecho carne en un miembro de nuestra familia humana?

Al poner fin a la serie de nombres, Mateo intencionadamente no llama a María esposa de José, sino todo lo contrario: José, esposo de María.

Celebramos con gozo el nacimiento de María, porque de ella nace Jesús, el Hijo de Dios, en quien las promesas de Dios llegan a su cumplimiento. Toda su grandeza y belleza la recibe la joven  María del Hijo que Dios le ha regalado.

Carlos Latorre
Misionero Claretiano

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El Hijo del hombre es señor del sábado

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,1-5):

Un sábado, Jesús atravesaba un sembrado; sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Unos fariseos les preguntaron: «¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?»
Jesús les replicó: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios, tomó los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y les dio a sus compañeros.»
Y añadió: «El Hijo del hombre es señor del sábado.»

Palabra del Señor

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 ¿Alguno de ustedes se ha leído el “Catecismo de la Iglesia Católica”? ¿Entero? Me cuesta un poco creerlo. Son muchas páginas. En principio, no está mal el esfuerzo de hacer una síntesis de todo lo que es nuestra fe y nuestra moral. Pero al final, el deseo de ponerlo todo y de decirlo todo termina creando un libro de más de 1.000 páginas. Son muchas. Demasiadas, quizá. No puedo llegar a pensar que para ser buen cristiano haga falta leer, estudiar y asimilar todo lo que se dice ahí. 

      Es más. Ni siquiera sé si es fácil cumplirlo todo y al mismo tiempo. Tiene que haber un criterio que ordene todo lo que se dice en ese libro. Sobre todo, para no llegar a pensar que lo de ser cristiano es cumplir con un código de normas. 

      El Evangelio de hoy nos retrata la actitud de Jesús ante las normas religiosas. A Jesús le tocó vivir en un mundo que se había preocupado también por codificar su fe religiosa, por detallar las normas en que se concretaba ser fiel al Dios de Israel. Y llegaron a detalles muy concretos. Jesús, como buen israelita, conocía esas normas. Pero se las saltó siempre que quiso. No tuvo el más mínimo inconveniente. Es más, posiblemente esa fue la razón última de su muerte ajusticiado en la cruz. Lean los primeros capítulos de los evangelios sinópticos y verán confirmado lo que digo. 

      En el relato de hoy, los fariseos –los especialistas en normas de la época– ven cómo los discípulos comen espigas que cogen directamente del campo. Problema: era sábado. Y el sábado no se podía cosechar. Y técnicamente lo que hacían los discípulos era cosechar. Era pecado por tanto. Jesús les responde sencillamente que el Hijo del Hombre es señor del Sábado. Se pone por encima de la norma. Y nos da la clave para ésta y para todas las normas –también para las de nuestro “Catecismo”–: el bien de las personas es lo que da sentido a las normas, a cualquier norma. Nunca, nunca, hay que poner a las personas al servicio de la norma. Ahí es donde estamos –debemos estar– hoy los discípulos de Jesús: comprometidos en el bien de nuestros hermanos y hermanas. Como dijo Pablo VI, al servicio de toda la persona y de todas las personas. Todo lo demás está al servicio de esto. Todo.

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A vino nuevo, odres nuevos

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,33-39):

En aquel tiempo, dijeron a Jesús los fariseos y los escribas: «Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber.»
Jesús les contestó: «¿Queréis que ayunen los amigos del novio mientras el novio está con ellos? Llegará el día en que se lo lleven, y entonces ayunarán.»
Y añadió esta parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque se estropea el nuevo, y la pieza no le pega al viejo. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino nuevo revienta los odres, se derrama, y los odres se estropean. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: «Está bueno el añejo.»»

Palabra del Señor

Que no se puede meter el vino nuevo en odres viejos. Porque se rompen o se estropea el vino. Y lo de Jesús es un vino nuevo. En otras palabras, el Evangelio es algo nuevo y diferente sobre lo anterior. Más claro: que no tiene nada que ver con lo que habitualmente entendemos por “religión”. 

      Me explico. El sentimiento religioso nos hace temer a Dios. A Dios y a sus normas y leyes. Mediante la religión nos ponemos a bien con Dios. La presencia de Dios está básicamente en el templo. Y ahí es donde los fieles acuden para adorar a Dios, para ponerse en contacto con él. En su presencia los sacrificios y la penitencia tienen sentido. Allí hacemos oraciones, sacrificios, cumplimos normas, le adoramos. Así nos ganamos su benevolencia. Y, a largo plazo, conseguimos la salvación.  

      Lo de Jesús es diferente. Jesús nos habla de Dios como su Padre. Y nos enseña a tratarle como tal. Anuncia el Reino que no es algo que está en el futuro sino una forma diferente de relacionarnos con el Padre-Dios y entre nosotros. Jesús es el hijo de Dios pero su lugar ya no es el Templo, rodeado de incienso y velas. Está en nuestros caminos y en nuestras plazas. Se acerca a todos pero especialmente a los débiles y a los que sufren. Su mensaje es de perdón y reconciliación. Sana nuestras enfermedades y cura nuestras heridas. Nos invita a seguirle para construir, aquí y ahora, un mundo nuevo donde todos nosotros podamos vivir con la dignidad de los hijos de Dios. No se trata de hacer sacrificios ni largas horas de oración. No hay que hacer esas cosas para ganarse la benevolencia de Dios. ¡Su amor ya está con nosotros! Jesús nos lo dejó claro. Y también nos dejó claro que la relación con Dios no se hace directamente con él sino a través de los hermanos y hermanas, en el servicio humilde y desinteresado por su bienestar, por el Reino. 

      Es un vino nuevo que rompe nuestros esquemas viejos. Y nuestros odres viejos también. Lo nuestro no es una religión más. Es otra cosa. Hay que ir al Evangelio y encontrarse en directo con Jesús. Conocerle y amar su mensaje. Y hacer como él: estar cerca de nuestros hermanos, preocuparnos por su bien. Eso es construir el Reino. Y ese es el ministerio que tenemos que administrar: el ministerio de la reconciliación, del amor y el perdón de Dios.

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