Rema mar adentro

Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,1-11):

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.»
Simón contestó: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.»
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres.»
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

————-

Vamos a fijarnos en la última frase del Evangelio de hoy. Posiblemente es la más importante: “Y dejándolo todo, lo siguieron.” Eso marca el final de un proceso. Y el final suele ser lo más importante. Por en medio habrá habido pasos adelante y pasos atrás, dudas, vacilaciones, momentos de luz y claridad… Pero lo importante es llegar. 

      Dos historias para aclararlo. Recuerdo que cuando estaban a punto de beatificar al fundador del Opus Dei, vi un programa de televisión en el que unos invitados debatían sobre la vida del santo. Uno de ellos comenzó a contar que en la vida del futuro beato había habido algunos momentos de oscuridad, no tan santos para entendernos. Fue un jesuita el que le respondió –y muy bien– que lo importante era el final, que en todo proceso hay momentos diversos y que, dadas las limitaciones que tenemos todas las personas, no es de extrañar que en la vida de monseñor Escrivá hubiese habido momentos de dificultad, de oscuridad, errores incluso. Lo importante había sido su capacidad para superar esos momentos, para seguir caminando, para mantener firme la mirada en la meta. 

      La otra historia pertenece a mi propia experiencia cuando hace año hice el Camino de Santiago. Es un camino largo, 700 kilómetros. Un mes caminando todos los días. Hay momentos para todo. A veces duelen los pies y las piernas. A veces uno se siente cansado. Hay momentos en lo que uno se pregunta por qué se metió en semejante locura o qué se le ha perdido en Santiago. Pero también hay momentos de luz, de claridad, de buen humor, de diálogo con los otros caminantes con los que se comparte el Camino. Y, al final, cuando se llega, se sabe que todo lo que se ha pasado, alguna tendinitis y muchas ampollas incluidas, ha valido la pena. 

      Pedro escuchó a Jesús, luego le siguió, luego dudó, luego le volvió a seguir. Por el camino llegó a negar haber conocido a Jesús. Es que Pedro era una persona normal, como nosotros. Con sus debilidades y sus fortalezas. Lo importante es que se mantuvo en el empeño. Siguió tras Jesús. Y llegó a su meta. Si él pudo, nosotros también. No importa lo que haya habido por el camino. No importan los errores cometidos. Lo importante es seguir y llegar. Y, no lo dudemos, la gracias de Dios está con nosotros. Como lo estuvo con Pedro. 

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias, Tiempo ordinario | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Buscando a Cristo

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,38-44):

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le pidieron que hiciera algo por ella. Él, de pie a su lado, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose en seguida, se puso a servirles. Al ponerse el sol, los que tenían enfermos con el mal que fuera se los llevaban; y él, poniendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.» Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió a un lugar solitario. La gente lo andaba buscando; dieron con él e intentaban retenerlo para que no se les fuese.
Pero él les dijo: «También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado.»
Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor

—————–

Siempre me ha llamado la atención la actitud de la suegra de Pedro. Está en la cama con fiebres. Jesús la cura. Vale. Lo lógico habría sido montar una fiesta o descansar o irse a visitar a las amigas. Algo así. Pero lo que hace es otra cosa: se levanta y se pone a servirles, a Jesús y a los discípulos, que han llegado a su casa. La hospitalidad es lo primero. Y ella está para servir. 

      La suegra de Pedro es todo un modelo de vida cristiana. De los que han venido para servir y no para ser servidos. Paremos por un momento a pensar cómo nos iría en la vida si todos nos colocásemos en esa posición: en la del que sirve. Podemos imaginar la vida de en familia, la vida en las empresas, en los partidos políticos, en los grupos de amigos. ¿A que sería diferente?

      Cuando era seminarista, nuestro formador nos comentaba que la vida de comunidad era como un carro que llevábamos entre todos. Era posible que en algún momento uno de los miembros de la comunidad se subiese al carro por la razón que fuese (enfermedad, debilidad, cansancio…). No importaba los demás seguirían tirando y, aunque con un poco más de dificultad, el carro seguiría adelante. Para los que tiran la dificultad va en aumento según son más los que se suben al carro y son menos los que tiran. El momento imposible es cuando todos o la mayoría deciden subirse al carro. En ese momento ya no se avanza más. Incluso se retrocede en el caso de que el carro estuviese subiendo una cuesta. Más complicado todvía es si los que tiran no están unidos y cada uno tira para un lado. 

      Conclusión: vivir juntos implica siempre una actitud de servicio. Y un cierto grado de consenso o unidad para tirar todos en la misma dirección. Si empezamos a hacer partidos y cada uno busca su propio interés el carro/comunidad no va para ninguna parte. Es lo que dice Pablo en la primera lectura, entre que unos eran de Pablo y otros de Apolo, el grupo de los corintios no iba para ningún lado. Que no se nos olvide que todos somos de Cristo, que todos estamos al servicio unos de otros y que los primeros de la comunidad son los más débiles. Con estos sencillos criterios, un poco de generosidad y algo de capacidad de sacrificio, seguro que nuestra comunidad termina siendo presencia del Reino para todos los que se acerquen a ella. 

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias, Tiempo ordinario | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Pidámosle, perseverancia y fortaleza

10592715_706591999395970_4605524037432581218_n

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,31-37):

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente. Se quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad.
Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio inmundo, y se puso a gritar a voces: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús le intimó: «¡Cierra la boca y sal!»
El demonio tiró al hombre por tierra en medio de la gente, pero salió sin hacerle daño. Todos comentaban estupefactos: «¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.»
Noticias de él iban llegando a todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor

————–

Si hay algo que se usa mal en nuestro mundo, es la autoridad. Por la sencilla razón de que los que la tienen la usan a veces, consciente o inconscientemente, más en su propio beneficio que en beneficio del interés común, de todos. Y, además, cuando dan explicaciones, si es que las dan, siempre revisten sus actos de buenas intenciones, de justificaciones. Son capaces de dar la vuelta a los hechos para justificarse y decir que ellos actúan bien y con buena intención. No vamos a poner ejemplos porque en el campo de las relaciones humanas esto pasa con demasiada frecuencia. Piensen en la empresa, la política, el sindicato, la familia y hasta los grupos de amigos. Seguro que pueden contar muchas historias sobre el tema. 

      Aquella gente que veía a Jesús hacer aquellas cosas ya había visto a muchas personas con autoridad. Quizá lo que les sorprendió no fue ver a uno más que tuviese autoridad sino ver a uno que ponía de verdad su autoridad al servicio del bien de todos y en concreto al servicio de aquel pobre hombre dominado por un espíritu inmundo. Ahí estaba la razón de su sorpresa. ¡Jesús no usaba su autoridad para su propio beneficio y bienestar! Eso era lo nuevo. 

      Es posible que nosotros no tengamos autoridad para expulsar demonios. Pero seguro que tenemos algún tipo de autoridad en nuestras vidas. Si eres padre o madre de familia porque tienes hijos o hijas. Si tienes una empresa porque tienes empleados. Si eres político de cualquier nivel porque la política es poder. Incluso es posible que dentro del grupo de amigos o amigas tengas poder y tus palabras sean escuchadas por los demás del grupo. 

      Hoy el Evangelio nos invita a usar nuestra autoridad, la que sea y al nivel que sea, siempre al servicio del bien común y sobre todo de los más necesitados. De los enfermos, de los que sufren, de los que les ha tocado la peor parte, de los que no tienen ninguna autoridad. Eso es hacer Reino de Dios. Un ejemplo sencillo. En el grupo de amigos siempre está ése o ésa del que todos se ríen, del que todos hacen mofa y se burlan. Alguien tiene que parar una historia en la que se está abusando de una persona. Y quizá eres tú el que lo puedes hacer. Ahora pasa el ejemplo a otros ámbitos. 

      Y, por cierto, mira muy bien cómo justificas tus acciones. No vaya a ser que ocultes tu propio interés y beneficio bajo capa de otras razones más “aceptables”. 

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias, Tiempo ordinario | Etiquetado , , | Deja un comentario

Médico, cúrate a ti mismo

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,16-30):

En aquel tiempo, fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.»
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»
Y Jesús les dijo: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún.»
Y añadió: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Elíseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio.»
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

Palabra del Señor

——————–

El Evangelio de este día ya lo dice todo. Es un pequeño compendio de la vida de Jesús en una sola historia: la historia del momento en que vuelve a su pueblo y allí expone lo fundamental de su mensaje. Como hacen los políticos y los que asumen un cargo al comienzo de su mandato, también Jesús puso de manifiesto lo que quería ser y hacer en su vida. Lo suyo se expresaba perfectamente en las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.” Tan bien expresado estaba que a continuación pronunció la homilía más breve de la historia: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”

      No había necesidad de decir más. Su pueblo (Nazaret, Israel o el mundo entero) le escuchaba. Y no se hizo esperar la reacción habitual. ¡Cómo iba a ser éste el Mesías! Le conocían. Conocían a su familia. No podía ser. El Mesías, el enviado de Dios, se tenía que presentar no en medio de la normalidad sino de lo extraordinario. Con algún milagro portentoso. Con una luz alrededor como un aura. Con mejores vestidos y con una corte alrededor. En conclusión: rodeado de poder y gloria. 

      Pero Jesús no estuvo rodeado de poder y gloria. Para nada. Lo suyo fue la normalidad. Uno más entre nosotros. Tocando a los enfermos, hablando con todos –también con los oficialmente impuros y pecadores–, mostrando incluso en ocasiones su debilidad. Jesús es Dios que se hace carne con todas las limitaciones que eso conlleva. Y eso no lo podían aceptar. No podían entender que Dios no se manifestase según la idea que ellos tenían de Dios. No estaban a abiertos a la sorpresa que siempre es Dios, porque va más allá de todo lo que podamos imaginar. 

      Conviene que releamos el texto de Isaías. En él reconocemos a Jesús. En él reconocemos a los verdaderos discípulos, a los verdaderos profetas. Son los que, como Jesús, como Dios, están cerca de los que sufren de cualquier manera, son los que trabajan por la justicia y por la libertad, por la reconciliación y el perdón. Ahí está presente Jesús, ahí está Dios. Ahí está la salvación que se nos regala en Jesús. 

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias, Tiempo ordinario | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Tú eres Pedro

Tú eres Pedro

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor

———————–

Quien es Jesús

Lo primero que hay que tener en cuenta es que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y por lo tanto reflejan, no lo que Jesús pensó, dijo e hizo, sino lo que las primeras comunidades pensaban de él. ¿Acaso podían hacer otra cosa las primeras comunidades cristianas que preguntarse quién era ese hombre?

También es lógico que se preocuparan por la estructura de la nueva comunidad: Quién iba a ser su representante, con qué asistencia contaba, etc.

El texto expresa ideas que, solo se desarrollaron después de la experiencia pascual. Esto no le quita importancia sino que se la da, porque se trata de la experiencia de la primera comunidad que quiere expresar así su fe en Jesús.

Es significativo que se quiera diferenciar la opinión de la gente de la de los discípulos. La gente entiende a Jesús desde la perspectiva del AT: Un gran profeta. Es verdad que demuestran una gran estima por la figura de Jesús, pero no se han dado cuenta de la novedad que la figura de Jesús aporta.

A los discípulos les costó Dios y ayuda dar el paso de una interpretación nacionalista del Mesías, a la del verdadero mesianismo que encarnaba la figura de Jesús. Sólo después de Pascua dieron el paso.

Antes de esa experiencia, Pedro nunca pudo decir a Jesús que era el Hijo de Dios. (Marcos dice escuetamente: tú eres el Mesías y Lucas: el Mesías de Dios).

Los judíos ni siquiera tenían un concepto de Hijo de Dios en sentido estricto. Para un judío lo más que se podía decir de un ser humano es que era el Ungido, es decir Mesías. Los griegos (y también otras culturas) sí tenían un concepto de Hijo de Dios. Ellos sí podían decir de una persona que era hijo de Dios.

Cuando el cristianismo se instaló en la cultura griega, quisieron decir de Jesús lo máximo: Hijo de Dios. Si los judíos emplearon alguna vez la palabra hijo, tendría que ser con el significado de imitador, réplica, copia exacta de lo que era el Padre.

También se conocía en el AT la idea de hijo de Dios, pero era para expresar una especial cercanía a Dios. Se llamaba hijo de Dios al rey, a los ángeles e incluso a pueblo judío como conjunto

Jesús no pudo decir a Pedro, «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»; porque a Jesús nunca le pasó por la cabeza el fundar una Iglesia. Él era judío por los cuatro costados y no podía pensar en una religión distinta. Lo que quiso hacer con su predicación, fue purificar la religión judía de todas las adheren­cias que la hacían incompatible con el verdadero Dios.

Tampoco los primeros seguidores de Jesús pensaron en apartarse del judaísmo. Fue el rechazo frontal de las autoridades judías, sobre todo de los fariseos después de la destrucción del templo, lo que les obligó a emprender su propio camino.

La respuesta a la pregunta ¿quién es Jesús? no fue fácil; prueba de ello es la diversidad de respuestas que dieron las primeras comunidades. Cada una fue descubriendo lo que Jesús era desde sus características y peculiaridades.

Unas resaltaron el aspecto de salvador futuro y definitivo; la parusía sería la plenitud de su obra.

Otras se fijaron más en su aspecto de taumaturgo: la fuerza de Dios se manifestaba en las obras maravillosas que realizó.

Otras comunidades se fijaron más en él como Maestro, mensajero de la Sabiduría, comunicador de la ciencia que puede llevar al hombre a la verdadera salvación.

Otras cristologías se fijaron en él como el crucificado resucitado, estas se llaman cristologías pascuales. Poco a poco, se fueron integrando todas en esta pascual, y terminó por elaborarse la única cristología que ha llegado a nosotros a través del NT.

La respuesta que pone Mateo en boca de Pedro parece, a primera vista, certera, aunque no supone ninguna novedad, porque todos los evangelistas lo dan por supuesto desde las primeras líneas. Está claro que el objetivo del relato es afianzar una profesión de fe pascual.

Si Pedro hubiera pronunciado esa frase antes de la experiencia pascual, lo hubiera hecho pensando en un «hijo de Dios» en el sentido que lo entendían los judíos; es decir, como persona muy cercana a Dios o que tiene un encargo especial de su parte. Mientras vivió con Jesús ni Pedro ni los demás discípulos pudieron pensar en el «Hijo de Dios» del dogma.

El poder de las llaves

Respecto a la segunda cuestión, tenemos que aclarar algunos puntos.

En primer lugar, los textos paralelos de Marcos y de Lucas no dicen nada de la promesa de Jesús a Pedro. Es este un dato muy interesante, que tiene que hacernos pensar. Marcos es anterior a Mateo. Lucas es posterior. Tanto la confesión de «Hijo de Dios vivo» como la promesa de Jesús a Pedro, es un texto exclusivo de Mateo.

Si tenemos en cuenta que Mateo y Lucas copian de Marcos, descubriremos el verdadero alcance del relato de Mateo. Lo añadido está colocado ahí con una intención determinada: revestir a Pedro de una autoridad especial frente a los demás apóstoles. Seguramente pensando en la situación peculiar de su comunidad judeocristiana.

Es la primera vez que encontramos el término «Iglesia» para determinar la nueva comunidad cristiana. Utiliza la palabra que en la traducción de los setenta se emplea para designar la asamblea (ekklesian).

El texto intenta afianzar a Pedro en la presidencia de esa organización, pero es exagerado deducir de él la absoluta infalibilidad de los sucesores de Pedro. Hay que tener en cuenta que existe otro texto paralelo, también de Mateo, que leeremos dentro de dos domingos, que puede aclarar un poco el tema. En él se dice:

«Si tu hermano peca, repréndele a solas,… si no te hace caso, llama o otro u otros dos…, si los desoye díselo a la comunidad; y si también desoye a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Porque lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo; y lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».

No se entiende muy bien, que en dos lugares tan próximos del mismo evangelio dé el poder de atar y desatar a Pedro y a la comunidad. Si ponemos atención al contexto, veremos que los dos textos no se contradicen, sino que se complementan. La última palabra la tiene siempre la comunidad, pero esta tiene que tener una persona que la represente.

Pedro o el sucesor de Pedro, cuando hablan en nombre de la comunidad y expresando el común sentir de la comunidad, tienen la garantía de acertar en los asuntos importantes para la misma comunidad.

Por tanto no es la comunidad entera la que tiene que doblegarse ante lo que diga una persona, sino que es el representante de la comunidad el que tiene que saber expresar el común sentir de esta. Este es el verdadero sentido del dogma de la infalibilidad, en nada parecido a lo que hoy piensa la mayoría de los cristianos.

Mateo trata de poner las bases de la nueva comunidad. En esa confesión de fe, podemos descubrir un horizonte que enmarcará la andadura de la Iglesia. Pero ha sido un verdadero error que la iglesia haya creído que se podía definir con dogmas, quién es Jesús, y haya dejado de hacerse la pregunta. Lo que es y lo que significa Jesús para nosotros, nunca lo descubriremos suficientemen­te.

También hoy, la pregunta fundamental que debe hacer todo aquel que se acerca a Jesús, tiene que ser: ¿quién es este hombre?

Lo malo es que todo intento de responder con fórmulas cerradas no solucionará el problema. La respuesta tiene que ser práctica, no teórica. Mi vida es la que tiene que decir lo que Cristo es para mí.

Del esfuerzo de los primeros siglos por comprender a Jesús, debe quedarnos, no las respuestas que dieron, (siempre limitadas) sino las preguntas que se hicieron.

No se trata de responder con formulaciones teológicas cada vez más precisas, se trata de responder con la propia vida a la pregunta de quién es Jesús. Y vosotros, y tú, ¿quién dices que soy yo? ¿Qué dice tu vida de mí?

Hubo un tiempo en que hemos creído que lo importante era la respuesta. Hoy sabemos que lo importante es que sigamos haciéndonos la pregunta. Como la respuesta ya estaba dada (ahí están todos los dogmas cristológicos para demostrarlo), hemos dejado de hacernos la pregunta, y eso es grave.

Desde el punto de vista doctrinal la historia se encarga de demostrarnos que nunca nos aclararemos del todo. O exageramos su divinidad convirtiéndole en un extraterrestre o afianzamos su humanidad y entonces se nos hace muy difícil el compaginar que sea plenamente hombre y a la vez divino.

Una vez más tenemos que decir que la solución nunca la encontraremos a nivel teórico. Sólo desde la vivencia interior podremos descubrir lo que significa Jesús como manifestación de Dios. Sólo si nos identificamos con Jesús y hacemos nuestra su misma vivencia de Dios comprenderemos lo que fue Jesús.

Meditación-contemplación

 

Y tú, ¿quién dices que soy yo?

Ser cristiano significa responder a esta interpelación de Jesús.

No de manera teórica y aprendida,

sino con las actitudes vitales que él me exige hoy.

……………

En el momento que deje de hacerme la pregunta,

he dejado de ser cristiano.

Si tengo ya la respuesta definitiva,

me he colocado fuera del camino del seguimiento.

……………

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo»,

es la profesión de fe de los primeros cristianos.

Es el fruto de toda la experiencia pascual.

………………. 

Descubrir en Jesús la presencia de Dios

y hacer que los demás la descubran en mí;

esa es la única tarea que me convertirá en cristiano.

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias, Tiempo ordinario | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Señor, socórreme

Mujer cananea1

Lectura del santo evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor

————————

Mateo relata este episodio inmediatamente después de una violenta discusión de Jesús con los fariseos y letrados, acerca de los alimentos puros e impuros. Seguramente la retirada a territorio pagano está motivada por esa oposición. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le estaban vigilando. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: judío=creyente y extranjero=pagano y ateo.

Seguramente este relato responde a la situación de controversia que se vivía en la comunidad de Mateo con relación a la aceptación de los paganos en la comunidad. Si Jesús lo hubiera dejado tan claro como a veces ingenuamente nos creemos, no se hubiera planteado durante tanto tiempo unos desacuerdos tan acusados en un tema tan importante para el porvenir de la Iglesia.

Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas posibles. En él se quiere insistir tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la necesidad de que los paganos vinieran con unas disposiciones adecuadas de reconocimiento y humildad.

EXPLICACIÓN

El evangelista no pretende satisfacer nuestra curiosidad sobre un acontecimiento más bien anodino. Su intención es aclarar el difícil tema de la apertura a los paganos. Quiere dejar claro, que si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad aunque sea «pagana».

La alusión de Jesús a los perros es más dura de lo que podemos pensar. Los perros son considerados aún hoy impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena, es lo que más se aproxima a la idea de perro inmundo.

Hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía que pueden ser considerados como de la familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa.

Jesús no podía prescindir de su educación y de los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Era el pueblo elegido, y todos los demás eran perros herejes. Jesús, como buen judío, tenía motivos para no hacer caso a la Cananea; pero nos encontramos con un Jesús dispuesto a aprender, incluso de una mujer y además pagana. De esa postura abierta a la verdad, podemos aprender mucho.

En el AT hay chispazos que nos indican esa dirección de apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: «A los extranje­ros que se han dado al Señor les traeré a mi monte santo.» (Is 56,1-7)

No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad general de su pueblo, que hoy podíamos calificar de racista, pero que, en tiempo de Moisés, fue la única manera de defender la subsistencia como pueblo.

Gracias a que para Jesús la religión no era una programación, fue capaz de responder vivencialmente ante situacio­nes nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias (la petición de la Cananea) le hicieron ver que sólo puede uno estar con Dios si está con el hombre.

Las enseñanzas de Jesús no son más que el intento de comunicarnos su experiencia personal de Dios. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús, como todo hombre, no tuvo más remedio que aprender de la experiencia.

Jesús se toma en serio la propuesta de la Cananea; no como los discípulos que sólo quieren quitársela de encima porque venía molestando. Curiosamente el texto litúrgico quiere suavizar la expresión de los discípulos y dice ‘atiéndela’. Pero el «apoluson» griego significa también despedir, rechazar; exactamente lo contrario.

La respuesta de Jesús: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», no va dirigida a los apóstoles, sino a la Cananea. Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Jesús aprende y la cananea también aprende. Se produce el milagro del cambio en ambos.

Lo que en este relato resalta de Jesús, es su capacidad de reacción. A pesar de su actitud inicial, sabe cambiar en un instante y descubrir lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, aparentemente ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen desde hace tiempo.

En el diálogo con esta mujer, Jesús es capaz de cambiar su actitud porque la Cananea demuestra una sensibilidad mucho mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios racistas. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal.

Le sorprendió la confianza absoluta que en él tenía aquella mujer; otro valor típicamente femenino. Lo que más maravilla en el relato es la capacidad de Jesús de aceptar, es decir, hacer suyos los valores femeninos que descubre en aquella mujer. Jesús descubre su «ánima» y la integra, a pesar de la oposición del ambiente machista y patriar­cal en que se había educado.

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido al que no se puede ayudar. La profunda relación entre madre e hija impide delimitar dónde empieza el problema de su hija. La madre es también parte del problema. La enfermedad de la hija no es ajena a la postura de la madre, tienen una relación directa y curar a la madre supone curar a la hija.

Los problemas sicológicos de la hija nos hacen pensar en problemas de relación materno-filial. Cuando la madre se encuentra a sí misma con la ayuda de Jesús, empieza a solucionarse el problema de la hija. Una petición auténtica lleva consigo la disponibilidad a poner todo lo que esté de su parte para superar la dificultad. Esa es la clave de todo el relato. Al descubrir esta actitud, Jesús puede declarar que su hija está curada.

APLICACIÓN

Los cristianos hemos heredado del pueblo judío el sentimiento de pueblo elegido y privilegiado. Estamos tan seguros de que Dios es nuestro, que damos por sentado que el que quiera llegar a Dios tiene que contar con nosotros.

Esta postura que nos empeñamos en mantener, es tan absurda y está tan en contra del evangelio de Jesús, que me parece hasta ridículo tener que desmontarla. Dios es de todos, y todos y cada uno de los seres humanos son igual de valiosos para Él. El que se crea otra cosa está ante su propio ídolo. Seguir pensando que nuestro Dios es el verdadero y que el de los otros es falso, es una demostración más de nuestra cortedad de miras.

Juzgar y condenar en nombre de Dios a todo el que no pensaba o actuaba como nosotros, ha sido una práctica constante en nuestra religión. Va siendo hora de que admitamos los tremendos errores cometidos por actuar de esa manera. Debemos reconocer, que Dios nos ama a todos, no por lo que somos, sino por lo que Él es. Esta simple verdad bastaría para desmantelar todas nuestras pretensiones de superioridad.

El mensaje de este texto, para nosotros, es que ser cristiano es acercarse al otro que me necesita superando cualquier diferencia, de edad, de sexo, de cultura o de religión. El prójimo es siempre el que me necesita. Los cristianos no hemos tenido, ni tenemos esto nada claro. Nos sigue costando demasiado aceptar a «otro», y dejarle seguir siendo diferente; sobre todo al que es «otro» por su religión.

Tenemos que aprender de este relato, que el que me necesita es el débil, el que no tiene derechos, el que se ve excluido. También en este punto está la lección sin aprender. Estamos dispuestos a ayudar al importante, al poderoso, al que puede devolvernos el favor, pero es muy difícil que atendamos la necesidad de un don nadie que no puede responder.

También debemos aceptar (como la Cananea) que muchas de las carencias de los demás, se deben a nuestra falta de compromiso con ellos. Sobre todo en el ambiente familiar, una relación inadecuada padres-hijos e hijos-padres, es la causa, en la mayoría de los casos, del mal comportamiento del otro. Muchas veces, la culpa de lo que son los hijos la tienen los padres por no intentar comprender sus puntos de vista. El acoger al otro con cariño, es más práctico que lamentarse o reprochar.

Meditación-contemplación

«¡Qué grande es tu fe!»

La Cananea tiene lo verdaderamente importante:

una confianza ilimitada en Jesús.

A ver si aprendemos nosotros hoy,

que todo lo demás tiene una importancia relativa.

……………

Esa confianza no puede fundamentarse en lo que yo soy,

sino en lo que Dios es para mí.

Pero todo lo que Dios es para mí,

lo es para todos los seres humanos sin excepción.

…………………..

Mi relación con un dios abstracto será siempre ilusoria.

El verdadero Dios está en mí y está en el otro.

Sólo volcándome sobre el otro y ayudándole a ser,

manifestaré que estoy cerca del verdadero Dios.

 

 

Fray Marcos

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias, Tiempo ordinario | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Encuentro con la palabra

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,22-27):

En aquel tiempo, mientras Jesús y los discípulos recorrían juntos Galilea, les dijo Jesús: «Al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día.» Ellos se pusieron muy tristes.
Cuando llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?»
Contestó: «Sí.»
Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?»
Contestó: «A los extraños.»
Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizarlos, ve al lago, echa el anzuelo, coge el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela y págales por mí y por ti.»

Palabra del Señor

———-

El  texto del evangelio de Mateo nos presenta un nuevo anuncio de la pasión. Jesús no quería que nadie supiera de su presencia porque deseaba estar a solas con sus discípulos para anunciarles, por segunda vez, su pasión, muerte y resurrección. Los discípulos con su visión triunfalista no entienden que el Mesías deba pasar por la cruz.

El relato sobre el impuesto que hay que pagar al Templo muestra claramente que Jesús no estaba obligado a pagarlo. Esta obligación correspondía a los súbditos, no a los hijos del rey. El Señor del Templo era Dios. Jesús es su Hijo. Los que creen en Jesús participan de esta filiación. Su libertad –la de Jesús y la de sus discípulos– nace de su condición de hijos. Pero, junto a esta libertad, Jesús quiere expresar también una actitud de respeto frente a la posible obligación legal y frente al Templo, en cuanto que es la casa de Dios. Por eso Jesús paga los impuestos para no escandalizar ni entrar en conflicto con las autoridades judías.

La liturgia de este día recuerda a Santa Clara, una gran mujer y una gran santa con unos rasgos tan propios que sus hijas, las Monjas Clarisas, siguen encontrando inspiración y guía en ella: https://www.ewtn.com/padrepio/sp/franciscan/Sta_clara.htm

El arte se ha hecho también eco de Sata Clara y en el cine hay varias películas dedicadas a la santa de Asís: https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=64gzS18ernI

Carlos Latorre
Misionero Claretiano

Publicado en Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias | Etiquetado , | Deja un comentario

¡Ánimo, soy yo, no tengas miedo.

Ánimo, soy yo- Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,22-33): Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: «Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.» Palabra del Señor

——–

Esta misma escena se repite en tres evangelistas. Mt.14,22 – Mc.6,45 – Jn.6-16. Falta en Lucas. El episodio se narra en los tres con notables coincidencias, a excepción de lo referente a Pedro y su camino sobre las aguas, que es exclusivo de Mateo. En los tres, el género es «epifánico», de manifestación. En los tres, se sitúa inmediatamente detrás de la multiplicación de los panes. En los tres, la escena da lugar a un sermón, que coincide bastante en Mateo y Marcos (discusión con fariseos, puro-impuro), y diverge en Juan (introducción al discurso del Pan de Vida). En los tres, las palabras de Jesús son prácticamente idénticas:

Estad tranquilos – Soy Yo – No tengáis miedo.

Estas coincidencias nos muestran la fiabilidad del texto, proveniente de antiguas tradiciones probablemente de alguna fuente común a los evangelistas. Y se inscriben en la línea de la progresiva manifestación de Jesús a los discípulos y la consiguiente progresiva fe de los discípulos en él. Esta constatación falta en Juan, que la pospone hasta después del sermón del Pan de Vida, es muy explícita en Mateo («verdaderamente tú eres el Hijo de Dios») y es reticente en Marcos -que siempre subraya la dureza e corazón de los discípulos- («ellos se admiraron aún más, ya que no habían entendido lo de los panes sino que su corazón seguía endurecido») El episodio tiene su paralelo en el de la tempestad apaciguada, narrada por Mt.8,23 – Mc.4,35 – Lc.8,22, de género también epifánico, de manifestación a los discípulos, en el que la frase final, común a los tres evangelistas, es la clave de todos estos textos:

«¿Quién es éste, que le obedecen los vientos y el mar?»

Los comentaristas añaden que el género, más aún que epifánico, es claramente «teofánico», que no se trata solamente de la manifestación de Jesús como Mesías -con las diferentes acepciones que la palabra podría suponer para sus oyentes- sino de la proclamación de la fe en la divinidad de Jesús, introducida por los elementos de la naturaleza sometidos y por la expresión «Yo soy», que, en este contexto, suena como en la teofanía del Horeb. Esta parece ser la intención litúrgica, al acompañar este texto con la manifestación del Señor a Elías en el Horeb. A partir de aquí, se suele hacer hincapié en los elementos simbólicos del mar sometido, y la consiguiente resonancia de la liberación de Egipto por el paso del mar, y otros textos semejantes. No se puede olvidar que para Israel son dos los elementos de la naturaleza hostiles a Dios: el mar y el desierto, signos de caos y esterilidad. De los dos liberó el Señor a su pueblo, haciéndole atravesar ambos. Esta imagen de Jesús que hace callar al viento y tranquiliza el mar caminando sobre él, y la imagen de Pedro que puede caminar sobre el mar mientras se fía de Jesús y sólo se hunde cuando tiene miedo, hace referencia evidente a la salvación del Pueblo, que nunca se produce por sus propias fuerzas sino por la acción poderosa de Dios. Debió de ser muy duro para los judíos convertidos a Jesús ser expulsados de la Sinagoga, apartados del pueblo. Su fe israelita necesitaba sin duda una manera de recomponerse de semejante golpe. Y esta doctrina es perfecta para mantener esa fe: no es la descendencia de Abraham ni la fidelidad a la Ley de Moisés la que constituye el ser del pueblo: es la aceptación de Jesús, cumplimiento de la promesa, «el que había de venir». Esta línea conecta con el anuncio a los gentiles, que vienen a formar parte del pueblo, no por descendencia de carne sino por la fe en Jesús. Esta situación debió de ser especialmente dolorosa para la comunidad que descendía de la predicación de Juan, «la comunidad del discípulo amado», que se vio según parece especialmente perseguida y expulsada de la Sinagoga. A partir de esta exclusión, la línea de pensamiento que venía de Juan hizo una profundización valiente en la persona de Jesús, planteando una cristología muy alta, llegando a presentar a Jesús como el Logos encarnado, cristología ausente en los Sinópticos y Hechos, aunque extendida más tarde a la iglesia entera. Todas aquellas discusiones, sin embargo, son temas pasados, que nos afectan solamente en su significado más profundo, y este significado es «¿quién es Jesús?», pero no como pregunta curiosa sino como pregunta vital: «¿quién es, qué significa, Jesús para mí?». La adhesión a Jesús puede tener distintos niveles. Hay un nivel de aceptación dogmática: Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad hecho hombre. Y aceptarlo así, sin demasiada repercusión en la vida concreta. Creo que es un nivel habitual en creyentes más bien convencionales, y más «ortodoxos» que constructores del Reino. Es la fe que no lleva a la conversión. Semejante a este nivel sería el de los «creyentes» por costumbre, los que pertenecen a la iglesia sin demasiada convicción, que aceptan la religión como una costumbre, heredada casi como componente cultural, del que es más incómodo salir que permanecer.

Podríamos muy bien pensar que la adhesión verdadera a Jesús tiene siempre el componente de «sal de tu pueblo», «no ser del mundo», aunque el pueblo y el mundo sean la realidad eclesial cotidiana habitual en occidente.

Aceptar a Jesús puede presentar también niveles diferentes: seguir a Jesús como una persona extraordinaria y seguirle en muchas cosas, especialmente las que concuerdan con los valores que más positivos sentimos en este momento cultural: seguir a Jesús como «el hombre lleno del Espíritu», hacer de Él la norma de la vida, creer en Él, como creyeron los discípulos que le siguieron, lo que les llevó incluso a abandonar su ser de Israelitas. Nos podríamos preguntar si nuestra Iglesia no tiene características que le hacen asemejarse a aquel pueblo de Israel que se sentía Pueblo de la Alianza por herencia y por cumplimiento de la Ley, más que por la adhesión interior a La Palabra. Y es que hay que recordar que el rechazo y muerte de Jesús no vino precisamente por la hostilidad de «los pecadores» o de «los gentiles», sino por la no-aceptación, la hostilidad de los que se tenían por justos, hijos de Abraham y seguidores de la Ley de Moisés. Jesús no murió por revolucionario sino por blasfemo. A Jesús lo mató la pureza legal, el sábado, el templo, el sacerdocio… A Jesús lo mató el ser Hijo, a Jesús lo mató el ser Palabra de Dios. La aplicación de todo esto a nuestra Iglesia es un tema que está al alcance de cualquiera, pero me gustaría volver a precisar una vez más que cuando decimos «Iglesia» no nos referimos a la Jerarquía, ni precisamente a la iglesia Jerárquica, sino a nosotros-la-iglesia, a la manera que tenemos los cristianos normales de vivir nuestra adhesión a Jesús. Podríamos considerar si no nos contenta suficientemente la tranquilidad de «estar en la verdad», «estar bautizados», «cumplir con Dios» «pertenecer a la Iglesia». La alarmante indiferencia que la iglesia -nosotros- provoca en las generaciones jóvenes puede deberse a su no-aceptación de Jesús, pero podríamos considerar si el Jesús que ven en nosotros es el mismo que fue aceptado por los discípulos o una copia lejana, entristecida y emborronada por nuestra manera cotidiana de interpretarlo.

José Enrique Galarreta

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A, Noticias | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Que bien estamos a tu lado, Señor

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.»
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.»
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

Palabra del Señor

———————–

Nuestro caminar en el tiempo ordinario se encuentra hoy con un hecho especial: la celebración de la fiesta de la Transfiguración del Señor, un episodio recogido por los tres evangelios sinópticos, cuyo significado probablemente sólo comprenderemos del todo cuando compartamos en plenitud la vida eterna.

¿Qué puede querer decirnos el Padre con este trance en la vida de Jesús? Es muy probable que su intención principal sea la señalada por el texto: mostrarnos a su Hijo amado, al Predilecto, e invitarnos a que le abramos de verdad nuestro corazón y le escuchemos. Algo parecido se nos invita ya a hacer en los relatos del bautismo del Señor, y cosa nada distinta se nos propone cuando, elevado sobre la cruz, el Padre nos muestra al Hijo Resucitado y Glorioso.

Escuchar a Jesús: fácil de decir y quizá no tanto de hacer, pero realmente importante. Sobre todo hoy, cuando en no pocas sociedades cada día escuchamos menos. Lo nuestro, lo mío, ocupa cada vez más espacio: es difícil hacer sitio al otro, cuanto más al Otro (con mayúscula). Como a los discípulos invitados a subir al monte con Jesús también se nos anima a contemplar el rostro de quien brilla como la luz. Según Benedicto XVI en este relato se muestra lo que sucede cuando Jesús conversa con el Padre: en su ser con él, Jesús mismo es Luz de Luz. Cuando Moisés subía al monte y se encontraba con Dios su rostro resplandecía, pero la luz le venía de otro; cuando Jesús sube al monte la luz ya está en Él; el Hijo comparte la Luz del Padre.

Hay quien sugiere que con la Transfiguración el Padre quiso ‘reforzar’ la fe de Jesús, ofrecerle un signo claro de su confianza que le animara a seguir camino, a emprender la subida a Jerusalén. Algún día lo sabremos del todo pero -como insinúa el prefacio de esta fiesta- la Transfiguración sí  cumple esa función en nosotros: el camino del discípulo puede parecer complicado, pero la nube del Hijo al que hay que escuchar nos cubre siempre.

No quiero acabar mi comentario sin dos recuerdos. El 6 de agosto trae a la memoria un momento bien triste de la historia: el lanzamiento de la primera bomba atómica contra una población civil. Oremos por la paz; sigamos empeñándonos en ella. Este día 6 evoca también al queridísimo Giovanni Battista Montini, que sirvió a la Iglesia como Pablo VI: el 6 de agosto de 1964 (hoy hace cincuenta años) publicaba su primera encíclica (Ecclesiam Suam); el 6 de agosto de 1978, gastado al servicio de la Iglesia, entregaba su alma al Señor. Buen día para recordarle agradecidos y para interceder por el papa Francisco: que el Señor siga bendiciendo y acompañando a su Iglesia.

Publicado en Agenda, Evangelio, homilias, ciclo A | Etiquetado , , , | Deja un comentario

DADLES VOSOTROS DE COMER

Dadles vosotros de comer-

Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,13-21):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.» Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.» Les dijo: «Traédmelos.» Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Palabra del Señor

———————-

Hoy el mismo evangelio nos hace la composición de lugar y tiempo. Unos versículos antes, Herodes cree, que Jesús es Juan Bautista que ha resucitado. Si lo había matado una vez, bien podía intentarlo de nuevo. Jesús tenía motivos para retirarse a un lugar apartado. Seis veces se narra en los evangelios un episodio casi idéntico: la multiplicación de los panes y peces. Jesús da de comer a una multitud considerable en un despoblado. Es seguro que algo muy parecido a lo que nos cuentan pasó en realidad. Es probable que pasara más de una vez. Es muy importante para nosotros, acercarnos lo más posible a la realidad de los hechos; solo desde lo histórico, podremos desentrañar su verdadero sentido. Con los conocimientos exegéticos que hoy tenemos de los textos bíblicos, no podemos seguir entendiendo este relato en sentido literal. Es más, entendido como un milagro material, nos quedamos sin el verdadero mensaje del evangelio. Podríamos decir que es una parábola en acción. También hacen falta «oídos» y «ojos» bien abiertos para entenderla. El punto de inflexión del relato está en las palabras de Jesús: «dadles vosotros de comer». Jesús sabía que eso era imposible. Parece ser que no entraba en los planes del grupo preocuparse de las necesidades materiales de los demás. Por otra parte, ni tenían dinero suficiente para comprar tanto pan, ni había donde comprarlo. No podemos seguir hablando de multiplicación de panes y peces gracias a un poder divino de Jesús o de Dios manipulado por Jesús. Si Dios pudo hacer un milagro para saciar el hambre de los que llevaban un día sin comer, con mucha más razón tendría que hacerlo para librar hoy de la muerte a millones de personas que van a morir de hambre en el Cuerno de África. Tampoco podemos utilizar este relato como un argumento para demostrar la divinidad de Jesús. El sentido de la vida de Jesús salta hecha añicos cuando suponemos que era un ser humano, pero con el comodín de la divinidad guardado en la chistera. Lo que pasó no fue un milagro en sentido estricto, que es como lo entendemos normalmente. Realmente fue un verdadero «milagro», que un grupo tan numeroso de personas compartiera todo lo que tenían hasta conseguir que nadie pasara necesidad de alimento. Hay que tener en cuenta que en aquel tiempo no se podía repostar por el camino, todo el que salía de casa para un tiempo, iba provisto de alimento para todo ese tiempo. Fijaos bien que los apóstoles tenían cinco panes y dos peces; seguramente, después de haber comido ese día. Si el contacto con Jesús y el ejemplo de los apóstoles les empujó a poner cada uno lo que tenían al servicio de todos, estamos ante un ejemplo de respuesta a la compasión y generosidad que Jesús predicaba. Éste es el verdadero milagro. Debemos tomar conciencia de la importancia que tienen, en los relatos bíblicos, las comidas. Con muchísima frecuencia se hace referencia a los tiempos mesiánicos con la imagen de un banquete. El mismo Jesús se dejaba invitar por las personas importantes. Algunos exegetas creen que las parábolas son charlas de sobremesa que Jesús relataba en ese ambiente cálido de una comida de amigos. Él mismo organizaba comidas con los marginados; esa era una de las maneras de manifestarles su aprecio y cercanía. La última cena fue una comida de despedida en la que se abrió en la intimidad de los que consideraba más amigos. La más importante ceremonia de nuestro culto cristiano está estructurada como una comida. Que todo un día de seguimiento haya terminado con una comida no nos debe extrañar. Lo verdaderamente importante es que en esa comida todo el que tenía algo que aportar, colaboró, y el que no tenía nada, se sintió acogido fraternalmente. Si tenemos «ojos» y «oídos» abiertos, en el mismo relato podemos hallar las claves para una correcta interpretación. Los discípulos se dan cuenta del problema y actúan con toda lógica. Como tantas veces decimos o pensamos nosotros, se dijeron: es su problema, ellos tienen que solucionárselo. Jesús no acepta esa postura, sino que les propone una solución mucho menos sensata: «dadles vosotros de comer». Él sabía que no tenían pan para tantas personas. Aquí empieza la necesidad de entenderlo de otra manera. Ya Moisés, Elías y Eliseo dieron de comer a la multitud en el desierto o en períodos de sequía y hambre. Se quiere sugerir que Jesús cumple en plenitud las figuras del AT. También hay que tener en cuenta que la Escritura era la comida espiritual del pueblo. Doctrina se dice en arameo «hamira». Pan se dice «amira». Junto al lago, los alimentos básicos de la gente, eran el pan y los peces. Los libros de la Ley eran cinco; y dos el resto de la Escritura: Profetas y Escritos. El número siete (5+2) es símbolo de plenitud (seguramente el más empleado en la Biblia. También el número de los que comieron (cien grupos de cincuenta) es simbólico. Los doce cestos aluden a las doce tribus. Es el pan compartido el que debe alimentar al nuevo pueblo de Dios. La mirada al cielo, el recostarse en la hierba… Ya tenemos los elementos que nos permiten interpretar el relato, más allá de la letra. El evangelio nos da continuos ejemplos de cómo Jesús se preocupó de las necesidades materiales de la gente. Pero también se quejó de que le entendieran mal, y terminaran creyendo que había venido para eso. «Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». El mensaje del evangelio de hoy no es que, al ver el milagro, concluyamos que Jesús es Dios; ni que podamos esperar de él que nos va a sacar las castañas del fuego. Cuando Jesús se retiró al desierto, después del bautismo, la conversión de las piedras en panes, se presenta como una tentación. El ver a Jesús como un «taumaturgo» hacedor de milagros, está ya muy criticado en los mismos evangelios. Seguir creyendo en el siglo XXI en milagros (tal como la mayoría los entiende) para solucionar los problemas, es la mejor demostración de nuestra falta de madurez religiosa. Es también una demostración de que nuestra idea de Dios sigue siendo arcaica e interesada. El verdadero sentido del texto está en otra parte. La dinámica normal de la vida nos dice que el «pan» indispensable para la vida, tenemos que conseguirlo con dinero; porque alguien lo acapara y no lo deja llegar a su destino, más que cumpliendo unas condiciones que el que lo acaparó impone: el «precio». Lo que hace Jesús es librar el pan de ese acaparamiento injusto. La mirada al cielo y la bendición son el reconocimiento de que Dios es el único dueño y que a Él hay que agradecer el don. Liberado del acaparamiento, el pan, imprescindible para la vida, llega a todos sin tener que pagar un precio por él. Jesús, nos dice el relato, primero siente compasión de la gente, y después invita a compartir. Jesús no pidió a Dios que solucionara el problema, sino que se lo pidió a sus discípulos. «Dadles vosotros de comer». Aunque en su esquema mental no encontraron solución, lo cierto es que, todo lo que tenían, lo pusieron a disposición de todos. Esta actitud desencadena el prodigio: La generosidad se contagia y produce el «milagro». Cuando se deja de acaparar los bienes, llegan a todos. Los hombres, no deben actuar de manera egoísta. Curiosamente hoy son la primera y la segunda lectura las que nos empujan hacia una interpretación espiritual del evangelio. Los interrogantes planteados en las dos primeras lecturas podrían ser un buen punto de partida para la reflexión de este domingo.

La primera nos advierte que la comida material, por sí misma, ni alimenta ni da hartura. Sólo cuando se escucha a Dios, cuando se imita a Dios, se alimenta la verdadera vida.

En la segunda lectura nos indica Pablo, dónde está lo verdaderamente importante para cualquier ser humano: el amor que Dios nos tiene y se manifestó en Jesús.

Después de un día con Jesús, aquella gente fue capaz de compartir todo lo que tenían, que en aquella circunstancia no era más que unos pedazos de pan duro, y unos peces resecos. Para nosotros ese es el verdadero mensaje. Nosotros, después de años y años junto a Jesús, ¿qué somos capaces de compartir? No debemos hacer distinción entre el pan material y el alimento espiritual. Sólo cuando compartimos el pan material, estamos alimentándonos del pan espiritual. En el relato el nivel espiritual y el material se entremezclan y no hay manera de separarlos. La compasión y el compartir son la clave de toda identificación con Jesús. Es inútil insistir porque es el tema de todo el evangelio. El verdadero mensaje del evangelio de hoy está en que, cada vez que se comparte el pan, se hace presente a Dios que es amor. No hay otra manera de acercarnos a Dios y de acercar a Dios a los demás. La eucaristía es memoria de Jesús que se partió y repartió. Al partirse y repartirse, hizo presente a Dios que es don total. El pan que verdaderamente alimenta, no es el pan que se come, sino el pan que se da. El primer objetivo de compartir, no es saciar las necesidades de otro, sino identificarse con Dios, descubierto en el otro. Es afirmar que Dios y el necesitado son uno. Bien entendido que a la hora de compartir, no hay diferencia alguna entre bienes materiales y bienes espirituales.

Meditación-contemplación

¡Dadles vosotros de comer!

No deberíamos olvidar nunca estas palabras.

Es lo primero que espera Dios de cada uno de nosotros.

Es lo que esperan todos los «muertos de hambre».

…………………

Si de nuestra relación con Dios no se desprende esta exigencia,

podemos estar seguros que nuestra religión es falsa.

Si no veo a Dios en el que muere de hambre,

mi dios es un ídolo que yo me he fabricado.

………………………..

La clave del mensaje de Jesús es la compasión.

Si no me aproximo al que me necesita,

me estoy alejando del Dios de Jesús.

Si he descubierto a Dios dentro de mí,

lo estaré viendo siempre en los más pobres.

……………….

Publicado en Noticias | Deja un comentario