HOMILÍA17 de septiembre de 2017

INTRODUCCIÓN

  • La serie de evangelios que venimos escuchando parece el “más difícil todavía”: la semana pasada, la corrección fraterna; este domingo, el perdón de las ofensas.
  • En este caso, Jesús nos lo ha ilustrado con una parábola, que habla por sí sola, no necesita muchas explicaciones.

 

La parábola

  • El que había sido perdonado de una cantidad astronómica, 10.000 talentos, no tiene ninguna compasión de aquel que le debe una cantidad mucho menor: 100 denarios (jornales). Lo irónico es que el primer deudor pide al rey: “ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”, y en cambio, no hace caso de la súplica que le hace, con las misma palabras, el que le debía 100 denarios. Es decir, que las mismas palabras que le sirven a él para ser perdonado, no le valen para  perdonar al otro.
  • Fácilmente podemos adivinar que el rey de la parábola representa a Dios, y cada uno de nosotros somos el siervo que debía 10.000 denarios.
  • Todo venía a partir de la pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
  • La parábola apunta a que el perdón que Dios nos ofrece es ilimitado y gratuito.
    • Gratuito: porque el rey de la parábola le perdona la deuda por pura gracia, sin pedirle nada a cambio. Es así como perdona Jesús, sin pedir previamente méritos: con Mateo, con la mujer pecadora, con Zaqueo…
    • Ilimitado: por la cantidad inimaginable que el rey perdona: 10.000 talentos; la mayor cantidad que podía contarse entonces.

 

APLICACIÓN A LA VIDA

  • El punto de partida de toda la parábola es que le había sido perdonado mucho a aquel siervo; por ello, se podía esperar es que él fuese capaz de perdonar siquiera un poco, a los demás.
  • He aquí que cuando queremos aplicar el mensaje de la parábola a nuestra vida surge la cuestión que es decisiva: ¿he experimentado yo, personalmente, este perdón gratuito e ilimitado por parte de Dios? Porque si no me siento perdonado por Dios difícilmente me sentiré urgido a perdonar a los demás (o incluso a perdonarme a mí mismo). Y para sentirme perdonado hará falta que me haya sentido pecador; si no, ¿qué sentido y qué valor puede tener el perdón? Si afirmo o siento que yo no tengo ningún pecado, ¿para qué se toma la molestia el Señor de ofrecerme su perdón?
  • En cambio, el que se siente pecador y perdonado por Dios, reconoce con humildad su propia debilidad y vive agradecido a aquel que todo lo  Quien ha gustado el perdón se siente empujado a perdonar en toda ocasión a los que le ofenden, sabiendo que por mucho que perdona, nunca colmará la medida con la que ha sido perdonado. Por eso le dice Jesús a Pedro: hasta 70 veces 7, porque por mucho que perdonemos, nunca perdonaremos tanto como somos perdonados por Dios. Creo que es una osadía rezar la petición del PN que dice: “perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, pues si el Señor sólo nos ha de perdonar en la medida en que nosotros somos capaces de perdonar, vamos dados…
  • Podemos pensar razones por las que siervo de la parábola no fue capaz de perdonar al otro: por no valorar el perdón recibido de Dios, porque pudiera pensar que mereciera dicho perdón, por egoísmo… ¿valoro yo el perdón recibido de Dios (en el caso de que lo haya pedido y aceptado)? ¿o más bien lo celebro, pero sin valorarlo en su justa medida? ¿me he acostumbrado al perdón de Dios como una rutina o como algo que doy por descontado, casi como si fuera un derecho que tengo?
  • Llegada la ocasión, también a nosotros nos cuesta perdonar al que nos incordia,  al que nos ha ofendido, o nos ha perjudicado, Ahí es donde de pone a prueba la experiencia que tenemos del perdón de Dios, pues sin él, difícilmente podremos perdonar (de corazón me refiero). Tenemos además el ejemplo de Jesús que perdonó a los que lo habían condenado. Y tantos ejemplos de perdón, como el de aquella mujer, que con el cadáver todavía caliente de su marido asesinado por ETA, hizo jurar a sus hijos que perdonaban a los asesinos. Y tantos otros. Para el cristiano, no hay ofensa tan grande ni tan reiterada que no pueda ser perdonada.
  • No nos cansemos nosotros de pedir perdón a Dios, pues antes nos cansaremos nosotros de pedirlo que dios de perdonar. Hagamos acopio del perdón de Dios, que nosotros hayamos pedido primero, para que, llegado el omento, seamos nosotros capaces de perdonar. QAS.
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