Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
Palabra del Señor
Decía una canción de los años setenta: “¿en dónde están los profetas, que en otros tiempos nos dieron las esperanzas y fuerzas para andar?” Necesitamos profetas que nos ayuden a mirar más alto, más lejos, con más perspicacia nuestra realidad, que a veces nos parece chata. Dios quiere necesitar también profetas que hablen en su nombre. Que hablen de Dios, sobre todo de parte de Dios. Que tengan el corazón henchido de Dios y de amor a los hombres. Que les mueva la compasión por su pueblo, como a Jesús, que veía a los suyos como ovejas sin pastor. Que le duelan las vidas que se pierden sin sentido y sin pena ni gloria. Necesitamos redescubrir cada uno, también, que hemos sido ungidos como profetas en nuestro bautismo. Estamos llamados a descubrir cada uno lo que Dios quiere que digamos en nombre suyo. Que posiblemente, cuando lo digamos a los demás nos lo hemos de decir primero a nosotros. Antes de hablar, hay que escuchar, para que nuestra palabra no sea vana. Antes de hablar de Dios, hay que hablar con Dios. Sólo así, nuestra palabra será la suya; sólo así transmitiremos esa autoridad con que habla Jesús.
