HOMILÍA DEL DOMINGO I DE PASCUA
Al releer (o re-escuchar) los relatos del sepulcro vacío, nos llama la atención lo inesperado del acontecimiento de la Resurrección de Jesús; tanto, que Mª Magdalena, las demás mujeres y los apóstoles reaccionaron en un primer momento con sorpresa e incredulidad, y necesitaron su tiempo para asimilar esta noticia tan increíble como maravillosa.
Un anuncio que suena a reproche: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado.
También nosotros, después de escuchar una vez más el anuncio, hemos de hacer nuestro propio recorrido.
o Primero, dejarnos sorprender, una vez más, por la novedad de la Resurrección de Jesús, recuperar el asombro de encontrar el sepulcro vacío, de que Dios va más allá de nuestras expectativas, de nuestros esquemas, de nuestras previsiones.
o A Jesús no lo encontraremos en el sepulcro vacío de nuestra religiosidad rutinaria, reducida al cumplimiento meramente externo de leyes y normas, sino allí donde se vive según su Espíritu de Jesús.
o No lo encontraremos en nuestros cálculos mezquinos, sino en la apertura a la novedad.
o No le encontraremos en nuestras comunidades miedosas y auto-referenciales,-como diría el papa Francisco- sino en la apertura y el acercamiento a los que están lejos.
o No le encontraremos en unos planteamientos que no busquen más que conservar lo que tenemos, sino en la santa ambición de llevar el evangelio más allá de los límites de la Iglesia.
o No le encontraremos en la cantinela del “Siempre se ha hecho así”, en la pereza para buscar nuevos caminos.
o No le encontraremos en las muletas que nos prestan desde fuera: en la mera tradición, en la influencia social de la Iglesia, en los eventuales apoyos del poder.
o No le encontraremos en una religiosidad aparcada en el templo, que no toca nuestra vida, que no influye en ella, ni se deja influir por ella; en una religiosidad que le dice a Dios como ha de hacer las cosas.
La Pascua es la victoria de la vida, de la verdad, de la justicia sobre el odio, la injusticia. Esta semana hemos sido sacudidos por los atentados de Bruselas. Uno tiene la tentación tanto de la venganza como del desánimo. La resurrección nos dice que al fin el bien y el amor vencerán y persuadirán hasta a quienes los detestan.
El que ha resucitado es el crucificado. El mismo que se había acercado a los enfermos, a los proscritos, a los despreciados, a los humillados; más aún, el que se identificó con ellos. Y con él, resucitarán todos los oprimidos por toda clase de males, que tienen su máxima expresión en la muerte. El mal que sufrimos y el mal que provocamos (el pecado) han perdido su poder letal.
Con esta convicción y esta esperanza hemos de vivir y con convicción y esperanza hemos de anunciarlo. Sabiendo además que para ello, el resucitado nos precede. QAS.

