HOMILÍA 3 DE SEPTIEMBRE DE 2017

  • Jesús podía ir percibiendo diversos signos que podían ser preocupantes: el abandono de algunos que le seguían, la resistencia del influyente grupo de los fariseos, la aversión de las autoridades. Todo ello podía disuadirle de ir a Jerusalén, donde se encontraban las autoridades civiles y religiosas, es decir, el peligro. Sin embargo, una fuerza misteriosa parecía conducirle hacia allí: tenía que ir a Jerusalén. Más que una fuerza que viniera desde fuera, más que una conclusión a la vista de los hechos, era una convicción que se había apoderado de él, la convicción de que Dios le pedía eso  en este momento.
    • Tal como nos exhortaba san Pablo: para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.
    • Era, como en Jeremías, una fuerza incontenible: pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerla, y no podía. Jesús debía sentir cómo una terrible batalla se libreaba en su interior, entre la voluntad de Dios que le abocaba a la cruz y sus miedos humanos, que explotan en Getsemaní.
  • Jesús comparte con sus discípulos lo que se le espera e, indirectamente, como afronta él eso que le espera. Quizá necesite él el apoyo de sus discípulos, su comprensión, su afecto; quizá quiere preparar él a sus discípulos, para que vayan asumiendo, comprendiendo, familiarizándose con el misterio de la cruz y la resurrección.
  • Otra vez es Pedro el que da un paso al frente y habla, de alguna manera, en nombre de los doce. Si poco antes había confesado a Jesús como Mesías, ahora cambia de actitud: deja de ser discípulo y se cree capaz de enseñar a su maestro. Cree que Jesús es el Mesías, pero un Mesías a la medida humana, caracterizado por el poder. Lleva a Jesús a un sitio aparte y le intenta corregir, increpándole.
    • Hemos de ver en ello una acción bienintencionada, aunque errada. Quiere mucho a Jesús y por eso quiere evitarle el sufrimiento, pero le falta una visión de fe para descubrir que Jesús se guía por lo que el Padre le pide. No entiende que lo que define al Mesías es entregar la vida por amor.Â
  • Y Jesús se volvió hacia Pedro con una dureza inusitada, como si del mismo Maligno se tratara; como si el Maligno hubiera hablado por boca de Pedro. A pesar de su buena intención, Pedro está siendo un obstáculo en el camino de Jesús, está encarnando las tentaciones que Jesús tuvo en el desierto al principio de su vida pública de usar su condición de Mesías para provecho propio: convirtiendo las piedras en pan; ganando todos los reinos del mundo, aún a costa de adorar al Maligno; haciendo acciones espectaculares como tirarse desde el alero del templo.
    • Jesús quiere quitarse la tentación de en medio, por eso quizá reacciona tan violentamente; y quiere arrancar también a Pedro (y, de paso, a nosotros) de la influencia del Maligno  y devolverlo a las manos de Dios.
  • La cosa no acaba ahí: el sufrimiento no va a ser sólo cosa del maestro, sino que va a acompañar también a los que quieran seguirle. Seguir a Jesús supone ver las cosas como las ve Dios, cambiar nuestra mentalidad y pensar como Dios piensa: tú piensas como los hombres, no como Dios.
    • Nosotros nos afanamos por la salud de nuestro cuerpo, por lo material, por nuestro progreso personal, por nuestra buena imagen; y es natural que nos salga eso.
    • El Señor nos invita a que nos preocupemos no tanto de cómo procurarnos estos bienes terrenos, sino más bien de cómo estos bienes les faltan a otras personas; no tanto de lo que puedo sacar de los demás, sino más bien de lo que yo puedo hacer por ellos; dejando de lado las cosas superficiales y ganando una vida más profunda y sana.
    • No es que Jesús y los cristianos busquemos la cruz por la cruz; es que la cruz es el paso inevitable para la resurrección. El querer hacer la voluntad de Dios, sorteando las tentaciones del Maligno, el entregar la vida por amor conlleva necesariamente, en algún momento, la persecución y el sufrimiento.
  • La grandeza y lo dramático de la existencia del cristiano es que no puede haber amor auténtico sin sufrimiento; que hay que saber perder para poder ganar. Como Jesús. QAS.
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