HOMILÍA 10 DE SEPTIEMBRE DE 2017

  • Individualismo frente a vida fraterna
    • El individualismo es uno de los rasgos que caracterizan la mentalidad general de hoy en día. Cada uno parece estar en el derecho de hacer lo que quiera y pensar lo que quiera, sin tener que dar cuenta a nadie. La opinión o incluso el deseo de cada uno parece erigirse como ley y como fuente de derechos. En definitiva, que cada uno se preocupe por sí mismo, que deje en paz a los demás y que los demás le dejen en paz a él. En este contexto resulta especialmente incómoda la pregunta de Dios a Caín: ¿dónde está tu hermano? La respuesta más común hoy en día sería: ¡y a mí qué me importa!
    • Esta mentalidad se ha infiltrado también en la comunidad cristiana. ¿hasta qué punto la celebración de la eucaristía es un acto realmente comunitario, o por el contrario es un acto en el que yo me pongo en mi banco y me aíslo de los demás? ¿tengo una verdadera preocupación e interés por la comunidad parroquial, por las personas con las que comparto las celebraciones?
  • Y sin embargo, a Dios le importamos, no le somos indiferentes. Por eso manda a su profeta Ezequiel para que despierte la conciencia de sus conciudadanos y, particularmente, para que amoneste a que se ha desviado del camino. Aunque cuando llega la ocasión, a todos nos molesta que nos corrijan, hemos de reconocer que es algo que tendríamos que agradecer, porque, aunque no nos lo parezca, nos están haciendo un gran favor.
    • La voluntad de Dios no es la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Si Dios se interesa por nosotros, es para que podamos salir del pecado y podamos participar de la vida.
    • En el evangelio, encomiendo la misión de corregir al pecador a la  comunidad cristiana.
  • Actitudes-condiciones en la corrección
    • Corregir al que yerra es una de las obras de misericordia y una de las formas de hacer comunidad. Callar, en cambio, implica complicidad con el pecado del pecador, al menos, por omisión.
    • El evangelio de hoy nos dice cómo ha de hacerse esa corrección. Nos indica que ha de ser gradual, poco a poco; nos indica incluso los pasos que hay que ir dando sucesivamente:
      • repréndelo a solas entre los dos.
      • Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos.
      • Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
        • Incluso este último paso tiene una finalidad pedagógica: intentar hacerle recapacitar.
      • No nos engañemos: el proceso no es fácil que llegue a buen puerto. Requiere por parte del que corrige una gran dosis de delicadeza y de finura, además de valentía. Y por parte del que es corregido, una gran dosis de humildad. Se requiere también un diálogo sereno dentro de la comunidad cristiana.
      • El proceso de corregir es trascendente, pues nos estamos jugando su salvación. Y es fruto del amor, que, como nos ha dicho san Pablo,  compendia toda la ley  y es la plenitud de la ley.
    • Comunidad, corrección y petición
      • La comunidad juega en todo este proceso un papel fundamental:
        • a ella se le ha dado el papel de  mediadora de la salvación (lo que atéis… lo que desatéis)
        • Ella tiene el poder de perpetuar en el tiempo el perdón que Dios da a través del sacramento de la reconciliación.
      • El pecado, por el contrario, no es sólo un asunto privado, sino que repercute negativamente sobre la comunidad, impidiendo la fraternidad.
      • La corrección fraterna sólo puede entenderse sobre el trasfondo de una vida comunitaria intensa y, a la vez, refuerza esa misma vida comunitaria.
    • Relación parecida tiene la oración de petición con la vida comunitaria: cuando pedimos en común, la oración de petición es más eficaz, porque Dios está en medio de los que se reúnen en su nombre. Y, a la vez, la oración refuerza la comunidad que ora unida.
    • Vivamos la eucaristía intensamente, de forma que nos haga sentir más comunidad verdadera reunida entorno a Jesús. Si Dios se preocupó tanto de nosotros que envió a su propio Hijo, preocupémonos unos de los otros, incluso hasta el punto de ser capaces de corregir fraternalmente a los otros y dejarnos, a su vez, corregir por los demás. QAS.
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