HOMILÍA 2 DE JULIO 2017

  • Domingo 13 del t.o.
  • Continuamos la lectura de las instrucciones de Jesús a los discípulos.
  • Los bautizados hemos sido elegidos  por Dios para ser Discípulos misioneros:
    • Discípulos: aprender cosas > conocerle > amarle > seguirle.
    • Misioneros: la misión no se reduce a unas determinadas tareas, que cumplo en determinados momentos y ámbitos, sino algo que ha de englobar la vida entera del discípulo enviado.
      • La misión afecta no sólo a lo que hacemos, sino a lo que somos, a nuestra propia identidad, hasta el punto de que el Señor habla y actúa a través de la persona de su enviado: “el que os recibe a vosotros, me recibe a mí… al Padre”.
    • Condiciones del enviado
      • Por el bautismo, hemos sido incorporados a Cristo; e.d., Jesús se ha hecho  el centro de la vida del discípulo. Si asumimos esto de verdad, todo lo demás, lo consideraremos relativo… hasta lo más valioso, como es la familia.
        • No es que tengamos que renunciar necesariamente a ella ¡Dios me libre! Es de las obligaciones más sagradas que tenemos, no en vano es el primero de los mandamientos.
        • No se trata de renunciar (a la familia, a las demás realidades de nuestra vida), sino de priorizar. No es que haya que prescindir necesariamente de la bueno, pero sí de poner cada cosa en su sitio, en función de lo mejor.
      • Otra condición: cargar con la cruz.
        • Las cruces que a cada uno nos trae la vida; las que nos vienen directamente por el ejercicio de la misión apostólica; las cruces de las personas que se cruzan en nuestro camino…
        • Podemos sorprendernos a nosotros mismos quejándonos ante el Señor, lamentando nuestra suerte, nos puede surgir la tentación de desanimarnos, de tirar la toalla, de retirarnos.
        • Podemos buscar el subterfugio de ajustarnos a los mínimos que nos dice la norma, de buscar las excusas para no hacer siquiera lo que dice lo mandado.
        • Quizás entonces lo mejor es volver la mirada al crucificado, como dice el siguiente poema de Gabriela Mistral:

 

En esta tarde, Cristo del Calvario,

vine a rogarte por mi carne enferma;

pero, al verte, mis ojos van y vienen

de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

 

 

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,

cuando veo los tuyos destrozados?

¿Cómo mostrarte mis manos vacías,

cuando las tuyas están llenas de heridas?

 

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,

cuando en la cruz alzado y solo estás?

¿Cómo explicarte que no tengo amor,

cuando tienes rasgado el corazón?

 

Ahora ya no me acuerdo de nada,

huyeron de mí todas mis dolencias.

El ímpetu del ruego que traía

se me ahoga en la boca pedigüeña.

 

Y sólo pido no pedirte nada,

estar aquí, junto a tu imagen muerta,

ir aprendiendo que el dolor es sólo

la llave santa de tu santa puerta.

  • Otra dificultad puede surgir el propio evangelizador, de buscar, antes que nada su propia auto-realización, su propio porvenir, su propio éxito. Es natural que busquemos estas cosas, pero no nos hemos de aferrar a ellas como a lo absoluto; y esto sólo podremos superarlo con la convicción de que nuestra vida y nuestra felicidad están en manos de Dios, y que pasa por olvidarnos de nosotros mismo para encontrarnos en los demás. Es así como encontraremos la vida que gastamos por los demás.
  • Por otra parte, la primera lectura que nos cuenta cómo aquella mujer de Sunem acoge al profeta Eliseo, el cual le promete un descendiente.
    • Los discípulos misioneros no podemos ofrecer al mundo oro ni plata, e.d., no tenemos las soluciones a todos los problemas, pero sí que podemos ser intercesores ante el señor a favor de su pueblo o de personas concretas de su pueblo, abriendo un futuro a situaciones que parecen cerradas. Y podemos acompañar a las personas en sus preocupaciones, que no es poco.
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